EDM 15 - Diciembre 96

"Globalización"
y Socialismo
Osvaldo Coggiola

Capitalismo "Multinacional"

La teoría de un "capitalismo multinacional", que habría superado la fase de "exportación de capitales", basada en empresas "nacionales", es muy antigua. De acuerdo con esa noción, "la clase capitalista transnacional no está compuesta por capitalistas en el sentido marxista tradicional. La propiedad directa o el control de los medios de producción no es más el criterio exclusivo para servir a los intereses del capital, principalmente no a los intereses globales del capital. La burguesía administrativa internacional es definida como una categoría socialmente abarcadora comprendiendo a la elite empresarial, gerentes y firmas, altos funcionarios del Estado, líderes políticos, miembros de las profesiones eruditas y personas de posición similar en todas las esferas de la sociedad" (1).

La ‘globalización’ sería un estadio superior de la "transnacionalización", y se referiría, además de a la "mundialización" económica, a todas las consecuencias sociales, políticas y culturales de ese proceso: "El término globalización puede ser empleado tanto en relación a un proceso histórico como a un cambio conceptual en que él es —tardíamente y todavía de manera incompleta— definido. La globalización, en el primer y más amplio sentido, es definida con más precisión como ‘la concretización del mundo entero como un único lugar’ y como el surgimiento de una ‘condición humana global’" (2).

Para los apologistas y cuadros orgánicos del capital, como Jeffrey Sachs, la globalización sería un producto del último cuarto de siglo, y abriría un futuro rosa para el conjunto del sistema: "El período entre 1970 y 1995, y principalmente la última década, presenció la más espectacular armonización institucional e integración económica entre naciones jamás vista en la historia mundial. Durante las décadas de 1970 y 1980 creció la integración económica, cuya extensión sólo se percibió nítidamente con el colapso del comunismo en 1989. En 1995 se percibe el surgimiento de un sistema económico global dominante. El conjunto de instituciones en común está ejemplificado por la nueva Organización Internacional de Comercio (OIC), establecida con el consenso de más de 120 economías, y donde prácticamente todas las demás desean entrar. Parte del nuevo acuerdo de comercio envuelve una codificación de los principios de comercio de bienes y servicios. Igualmente, el Fondo Monetario Internacional (FMI) cuenta hoy con un grado de afiliación casi universal, con los países miembros comprometidos con principios básicos de circulación y conversión de la moneda" (3).

Mundialización y Nación

Presentar el proceso de "multinacionalización" como específico de la segunda posguerra es un abuso. Según L. G. Franko, el número de filiales implantadas en el exterior antes de 1914 sería de 122 para las empresas americanas, 60 para las inglesas y 167 para las demás firmas europeas (4). Aun para el proceso más reciente, Charles Albert Michalet señala que "la distribución nacional de las firmas multinacionales (FMN) sigue fielmente la jerarquía de los PBIs. Las más numerosas son de origen americano, las otras europeas o japonesas. No tenemos conocimiento de la existencia de sedes de FMN en los países subdesarrollados, con excepción, evidentemente, de los ´paraísos fiscales’. Ese fenómeno de multinacionalización es, por lo tanto, indisociable de la naturaleza de las economías de origen" (5).

Aun después de todo el proceso de internacionalización reciente, con su sueño de una "fábrica mundial", fue posible señalar, sin gran dificultad empírica, que "en la internacionalización en curso, el mercado interior continúa siendo la base sobre la cual se construye la eficiencia de una empresa o de una economía nacional" (6).

Desarrollo Desigual

No existe, por lo tanto ninguna evidencia que las tan mentadas ‘transnacionalización’ y ‘globalización’ hayan significado la superación, por el capital, de la contradicción entre la economía mundial y las economías nacionales, y menos todavía entre los Estados nacionales —la contradicción entre la internacionalización creciente de las fuerzas productivas y la sobrevivencia de las fronteras nacionales, que estaba en la base de las dos conflagraciones mundiales y de las múltiples catástrofes nacionales. Incluso el proceso de liberalización del comercio mundial de posguerra fue ante todo un proceso político, en el cual la expansión de las fuerzas económicas, lejos de atenuar, reforzó los mecanismos de control estatal: "la innovación del período posterior la Segunda Guerra Mundial reside justamente en que, en el curso de las liberalizaciones, el mercado mundial gradualmente se constituyó como el lugar de la reproducción económica de todas las formas agregadas del capital: de la liberación del comercio mundial de la década de 1950, hasta la formación del sistema crediticio internacional, prácticamente sin regulación política, desde mediados de la década de 1960. Pero las desregulaciones de ningún modo tenían como resultado la eliminación de los controles políticos de las relaciones económicas por organismos y gobiernos nacionales, y sí la creación de nuevas instituciones reguladoras de las relaciones económicas mundiales" (7).

Pero la propia expansión económica, el aumento espantoso del volumen del comercio exterior, mina las bases sobre las cuales se asienta el control político del proceso económico, preparando las condiciones para la crisis, que todo el tejido "institucional" destinado a contenerla fue incapaz de evitar: "La movilidad del capital parecer haber ejercido un importante papel en el colapso del régimen de cambio fijo. El sistema de nivel ajustable de la década de 1960, fue menos capaz de generar estabilizadores, que el sistema de cambio fijo de la década de 1950 una vez eliminados los controles del capital. La movilidad del capital redujo también el control que las autoridades monetarias nacionales podían ejercer sobre sus propias economías, influenciando las tasas de interés (8).

Por otro lado, todo el período de ‘boom’ económico, los "treinta años gloriosos" (1945-1975), no hicieron más que acentuar las desigualdades del desarrollo de la economía mundial, llevándolas a un grado de paroxismo que habría sido inimaginable en las décadas anteriores. Los países de Europa occidental, principalmente Alemania, exportan actualmente 44% de las mercaderías mundiales, los EE.UU. 12% y el Japón, 15%. Estos tres conjuntos geográficos, tomados globalmente, aseguran, por lo tanto, más de dos tercios de las exportaciones industriales mundiales. Si a éstos les sumamos Canadá, Africa del Sur, Australia, Nueva Zelandia y los países de Europa del Este, la proporción pasa del 80%, cifras válidas para los últimos cuarenta años. ¿Cómo explicar tal preponderancia? Por una ecuación muy simple: con un cuarto de la población mundial, los países desarrollados representan el 80% de la producción mundial y tres cuartos del consumo de productos industrializados. Los países desarrollados de "economía de mercado" garantizan el 60% de la producción manufacturera mundial; la ex-URSS y los países de Europa del Este, 20%, y los países en vías de desarrollo, el 20% restante, siendo que lo esencial de ese 20% corresponde a un reducido número de países: China, India, Brasil, México y los "tigres asiáticos". Entre estos últimos, ¡Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur representan, la mitad de las exportaciones industriales de los países del Sur!

El panorama de conjunto de la expansión económica de posguerra confirma totalmente las características estructurales de la fase imperialista del capitalismo, así resumidas por Trotsky en el período de entre guerras: "El capitalismo tiene el doble mérito histórico de haber elevado la técnica a un alto nivel y de haber ligado todas las partes del mundo con sus lazos económicos. De esa manera, ha proporcionado los prerrequisitos materiales para la utilización sistemática de todos los recursos de nuestro planeta. Sin embargo, el capitalismo no se encuentra en situación de cumplir esa tarea prioritaría. El núcleo de su expansión continúan siendo los Estados nacionales, circunscriptos y con sus aduanas y sus ejércitos. No obstante, las fuerzas productivas superaron, ya hace tiempo, los límites del Estado nacional, transformando en consecuencia lo que antes era un factor histórico progresivo en una restricción insoportable. Las guerras imperialistas no son más que explosiones de las fuerzas productivas contra los límites estatales, que se tornaron demasiado estrechos para ellas. El programa de la llamada autarquía nacional nada tiene que ver con el recambio para una economía autosuficiente y circunscripta. Sólo significa que la base nacional se prepara para una nueva guerra" (9).

Expansión y crisis

La "desregulación" llegada con la crisis es mucho menos la expresión de una "ofensiva ideológica neoliberal", y mucho más la consecuencia de la explosión del cuadro institucional en que el capitalismo se desarrolló en el período de auge. Todo el sistema de reglamentación económica de posguerra estaba basado en la hegemonía político-militar del imperialismo americano, que también era la locomotora del desarrollo económico. El papel político mundial de los EE. UU. está cada vez más en contradicción con su declinación económica, que concentra todos los rasgos del proceso de descomposición capitalista (...).

Si los EE.UU. intentan salir de la crisis descargándola sobre las espaldas de sus competidores (y de toda la periferia atrasada del sistema capitalista mundial, las naciones oprimidas), esto no significa una tendencia hacia la autarquía económica, sino todo lo contrario, hacia la internacionalización todavía mayor de su economía, como ya fue señalado en 1976 por Gabriel Jipe: "La transferencia hacia el exterior del potencial productivo americano, acompañada por el desarrollo de su sistema bancario a escala mundial, es una solución para la absorción del capital salido de los EE.UU. y permite asegurar o reforzar un control directo o indirecto de los mercados y de las fuentes de recursos del sistema americano; a continuación, la economía de guerra (donde se manifiesta la intervención creciente del Estado) y las nuevas formas de dependencia (´ayuda económica´ a los países pobres) que el sistema americano busca instaurar (en pocas palabras, el imperialismo creciente), son otros elementos que actúan sobre la tendencia a acumular, y modifican tanto el nivel como la forma de acumulación en los EE.UU., a partir de los años 60, rebatiendo la tendencia al estancamiento" (10). Los medios para salir de la crisis son los mismos que la provocaron.

Internacionalización, sin embargo, no es sinónimo de globalización. La internacionalización creciente del sistema financiero y la velocidad espantosa de los flujos de capitales no impide que, en la economía mundial, la demanda interna de los países absorba cerca del 80% de la producción y genere el 90% de los empleos.El ahorro interno financia más del 95% de la formación de capital. Esa observación es confirmada por datos presentados en informes del FMI. Los fondos de pensión de los EE.UU., por ejemplo, tienen apenas 6% de sus activos totales fuera del país. Los de Alemania, 5%. Los de Japón, 9%. Las compañías de seguro de vida de los EE. UU. tienen 4% de su portafolio en actividades extranjeras. Las de Inglaterra, 12%. La conclusión del FMI es que "la tendencia general en la dirección de la diversificación internacional es contrarrestada por la pequeña participación de los títulos extranjeros en los portafolios de los inversores institucionales" (11) (...).

Polarización sin precedentes

Son las condiciones de la crisis capitalista las que explican que el avance tecnológico y las ´recuperaciones´ económicas no produzcan los efectos esperados por los economistas. Por un lado, se apunta que "a despecho de las críticas, el período post- Bretton Woods presenció una explosión sin paralelo del comercio internacional y de las transacciones financieras. De hecho, el crecimiento per cápita en los EE.UU. fue más elevado en el período de cambio fluctuante de 1974-1989 (2,1% al año), y que durante el período Bretton-Woods de 1946-70 (2% al año) o incluso durante el período del patrón oro de 1881-1913 (1,8% al año)" (12). Al mismo tiempo, se constata que entre "1973 y 1993 la renta media disponible al 20% más pobre cayó casi 23% —de $17.601 a $13.596 al año para una familia de tres personas (en dólares de 1993)" (13). En un cuadro en que una vasta literatura se ocupa del asunto (14), se torna visible el hecho de que "un campo de las estadísticas no se recuperó desde la recesión de 1991; el del nivel de vida de la mayoría de los americanos. De acuerdo con el Departamento de Censos, la renta de una familia de clase media en 1994, ajustada de acuerdo con la inflación, fue de U$S 38.782, o sea, 1% abajo del patrón de 1991. Los datos preliminares sugieren que no hubo ningún aumento significativo en 1995" (15). Para finalmente llegar cándidamente a la conclusión que sigue: "Las cosas no están funcionando como deberían. La falla del actual capitalismo global avanzado para mantener los niveles de distribución de la riqueza, crea un problema no sólo para los políticos, sino también para la moderna ‘ciencia’ económica. Durante varias generaciones los jóvenes fueron enseñados en que el crecimiento del comercio y de la inversión, aliado al cambio tecnológico, aumentaría la productividad nacional y crearía riqueza. En cambio, a pesar del crecimiento progresivo del comercio y de las finanzas mundiales, durante la última década la productividad se vio debilitada y la desigualdad en los EE.UU., y el desempleo de Europa, sólo empeoraron" (16).

En el "Tercer Mundo", los efectos son diez veces peores, y da lugar a perplejidades semejantes: " Son creados empleos en los sectores exportadores del Sur. Pero las condiciones de viabilidad de esos empleos, y en primer lugar, la apertura comercial, tienen como efecto una liquidación aún mayor de los empleos en los sectores tradicionales no competitivos. Con raras excepciones, los países del Tercer Mundo crean menos empleos después de la apertura que antes. Ese desiquilibrio aparece inclusive en los datos de la balanza comercial" (17).

Al lado del desarrollo desigual del sistema capitalista mundial, debemos tener en cuenta el crecimiento sin precedentes de la polarización social, que hace de la imagen de las "200 familias", usada para describir la economía de los EE.UU. de los años 30, casi un un recuerdo feliz. De acuerdo con la ONU, de los 223 billones de dólares que componen la riqueza monetaria mundial, sólo 5 billones corresponden a la inmensa mayoría de los países (los llamados "en desarrollo"). El mismo informe oficial afirma que, si se mantienen las actuales tendencias, las disparidades económicas entre los países industrializados y el mundo en desarrollo "pasarán de injustas a inhumanas".

El 20% más pobre del mundo se quedaba, en 1993, con apenas el 1,4% del total de la renta del planeta, una caída de 0,9 punto porcentual en relación a 1960. El 20% más ricos vieron saltar su tajada, en el mismo período, del 70% al 85% de la riqueza mundial. ¡358 billonarios tienen activos que superan la renta anual sumada de países en que viven 2.300 millones de personas (45% de la población mundial)! El 33% de la población de los países en desarrollo (1.300 millones) vive con menos de 1 dólar por día. De ellos. 550 millones están en el sur de Asia, 215 millones en Africa Subsahariana y 150 millones en América Latina (...).

Disputa Interimperialista

El agudizamiento de la disputa interimperialista condiciona la sangrienta lucha por la recolonización del antiguo ‘bloque socialista’ en especial China, hoy "principal fuente de acumulación capitalista mundial" (18). Se afirma que las industrias se instalan para producir en China productos de segunda línea, donde no hay respeto a la propiedad industrial (piratería), mucho menos al derecho del consumidor y, con eso, constituir grandes fortunas, fruto de la apropiación indebida, sea de las grandes industrias, sea de los consumidores en los países subdesarrollados.

Este proceso de enriquecimiento se asemeja al proceso de una "acumulación primitiva" atípica. Entretanto, el mayor atractivo está en la posibilidad del lavado de dinero de drogas, corrupción, contrabando y demás proezas del sindicato mundial del crimen organizado. Según un informe reciente, "las fábricas chinas que están pirateando software, músicas, videos y productos americanos por valor de miles de millones de dólares, muestran que casi todas las operaciones pertenecen, en parte, a compañías extranjeras, algunas de las cuales proceden de naciones que son grandes aliadas y socias comerciales de los EE.UU." (19).

En cuanto a los países atrasados, es bueno recordar un párrafo del artículo de Noam Chomsky, profesor del MIT (Massachusetts Institute of Technology), publicado en 1993, en Folha de Sao Paulo: "La Comisión de Comercio Internacional de los EE.UU. estima que las empresas norteamericanas van a ganar 61 mil millones de dólares anuales del Tercer Mundo si las exigencias proteccionistas de los EE.UU. fueran satisfechas en el GATT (como lo son en el Nafta), a un costo, para el Sur, que irá a sobrepasar de lejos el enorme flujo de capital transferido hacia el Norte, a título de pago de intereses sobre la deuda. Tales medidas se destinan a garantizar a las empresas con sede en los EE.UU. el control sobre la tecnología del futuro, incluyendo la biotécnología, que se espera, permitirá a la empresa privada controlar la salud, la agricultura y los medios de vida en general, encerrando a la mayoría pobre a la prisión de la dependencia y de la impotencia" (20) (...).

Crisis y parasitismo

Contra la aparente integración de la economía mundial, expresada supuestamente en la emergencia de nuevas instituciones internacionales, se pone en evidencia la guerra en sordina que traduce el agravamiento de la competencia y de la anarquía del comercio mundial, que se manifiesta en las protestas de los propios jefes de Estado, incluso en las instituciones que se suponían fueron creados para la defensa del imperialismo yanqui: "Están acusando a los EE.UU. de, no utilizar a la nueva Organización Internacional de Comercio (OIC) y para plantearle ella todas sus disputas comerciales, y en cambio intentar resolver sus problemas a través de acuedos bilaterales o incluso decisiones unilaterales. La sustitución de instituciones internacionales establecidas, por la ley de la selva, según los críticos, estimula el mercantilismo desenfrenado, el proteccionismo y la elevación de la tensión política entre países, debilitando el comercio global. Dejemos de lado, por un momento, la hipocresía de los europeos, que negocian bilateralmente todo el tiempo, y la actitud de Japón, que continúa la práctica de un comercio altamente controlado, completamente contrario al espíritu de la OIC. El hecho es que los ministros de Canadá, Brasil, Corea, India y Singapur, los comisionados de la Unión Europea y empresarios desde Toronto hasta Hong Kong, están diciendo que los EE.UU. dieron la espalda al sistema multilateral de cambio. La acusación es particularmente significativa en contraposición a los últimos 50 años de apoyo norteamericano al GATT (Acuerdo General sobre Comercio y Tarifas), el predecesor de la OIC" (21).

Lo principal, sin embargo, es que el desarrollo del comercio no es nada, comparado con la expansión de las transacciones financieras. Entre 1965 y 1990, el comercio mundial de mercaderías y servicios aumentó 14 veces, y "los flujos financieros alcanzarán dimensiones inimaginables", al punto "de que más de 1 billón de dólares recorren el mundo cada 24 horas, buscando sin descanso el más alto retorno", según la ONU.

Visto como la ‘tabla de salvación’ del capitalismo en crisis, como el campo predilecto de aplicación de las "nuevas tecnologías", y como el lugar por excelencia de la ‘integración global’, la hipertrofia del sector financiero no hace, sino ocultar su anarquía creciente y la creación de las bases para una crisis de una magnitud muy difícil de imaginar. La hipertrofia nació de la necesidad de financiar el consumo como paliativo a la crisis de los años 70: "El gasto en consumo (y no en inversión) abrió la vía para la recuperación económica posterior a 1975. El gasto en inversión creció menos del 50% de la tasa normal de las cuatro grandes recuperaciones que tuvimos desde la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que la tasa de beneficio posterior a 1975 haya crecido más rápidamente que la media de las recuperaciones anteriores. La razón de esto es que las empresas reducirían los empréstitos y trataban de restablecer condiciones de liquidez más favorables. El gasto y el consumo militar también fueron grandes en la recuperación de 1983" (22).

Se trata del caso del remedio que mata al paciente. Oigamos a Michel Camdessus, el director gerente del FMI (Fondo Monetario Internacional): "el sistema financiero mundial está en pedazos y hay una urgencia extrema en ajustar el torniquete", dice en un seminario previo a la 22ª reunión de la cúpula del G-7, los siete países más ricos del mundo. El comunicado económico, firmado por los líderes de los siete países, observó que "la mundialización de los mercados financieros puede crear nuevos picos de inestabilidad", y pidió la instalación de "dispositivos más eficaces y concretos" para enfrentarlos. (...)

Globalización y Guerra

Al mismo tiempo que los teóricos del capital norteamericano plantean la necesidad de superar los acuerdos actuales (OIC, Nafta) a través de un acuerdo comercial "transatlántico" (TAFTA) (23), sus críticos ‘humanistas’ del otro lado del mar revelan el sentido del proceso, y el propio contenido de su crítica: "El planeta —bajo la bota americano y con la participación activa de todos los que, tanto en la Comisión de Bruselas como en todas partes, trabajan por la creación de una zona de libre comercio euro-atlántica, la llamada ´agenda transatlántica´ — ya comenzó a entrar en un desorden suicida. Dirigirse contra esa voluntad de hegemonía, de uniformización, de no respeto de las diversidades, es evitar que innumerables revoluciones se multipliquen en el mundo. Ya que, sin regulaciones, las desigualdades se tornarán todavía más insoportables; sin monedas de igual capacidad, el mundo entrará en el sistema del dólar, sin sistemas autónomos de defensa, se atenúan las originalidades, sin verdaderas instancias de arbitraje, las dominaciones serán cada vez más brutales" (subrayado nuestro) (24). (...)

Se deshace la ilusión de un lado "ordenado" del actual proceso, como la sustentada por Giovanni Arrighi. Por la teoría de Arrighi, el sistema capitalista mundial está sumergido en crisis desde 1970, y el presente auge financiero refleja la intensidad y la extensión de la crisis. El lento crecimiento de la producción material desvía capitales crecientes para la especulación financiera, y al mismo tiempo amplía el gasto social de los Estados, en función del crecimiento del desempleo y de la exclusión social (25).

El proceso objetivo, por lo tanto, tendría el siguiente sentido: "Hoy la noción de un gobierno mundial parece menos fantasiosa que hace dieciocho años. El Grupo de los 7 se viene reuniendo regularmente y se parece cada vez más a un comité administrador de los asuntos comunes de la burguesía mundial. En los años 80, el FMI y el Banco Mundial actuaron cada vez más como un ministerio mundial de las finanzas. Y, finalmente, en los años 90, comenzaron con una reformulación del Consejo de Seguridad de la ONU, como un ministerio mundial de policía. De manera totalmente no planeada, comienza a surgir, poco a poco, una estructura de gobierno mundial bajo la presión de los eventos y por iniciativas de las grandes potencias políticas y económicas" (26).

Crisis de las instituciones internacionales

El propio imperialismo, sin embargo, posee una evaluación diferente del G-7: "La organización, fundada hace 20 años, parece cada vez menos eficiente, por no reflejar las realidades de un mundo en el cual las economías emergentes de Asia y de América Latina están creciendo casi dos veces más que las de las naciones industrializadas. Hace poco tiempo, cuando el G-7 intentó resolver la crisis del peso mexicano, surgieron divergencias sobre el paquete propuesto por los EE. UU., con los europeos acusando a Washington de estar intentando inducirlos a salvar las inversiones americanas (...). En cuanto a la distancia económica entre las naciones del G-7 y el resto del mundo, disminuye la posición que el grupo escogió para sí, de guardián del sistema económico internacional, despierta resentimento creciente y se torna cada vez más difícil justificar ese papel (...). El G-7 es hoy una institución que está llegando al ocaso" (27).

Las instituciones y los acuerdos internacionales no pueden simplemente pasar por encima de la crisis del capital. La velocidad vertiginosa del aumento de las deudas torna obsoletos los instrumentos económicos y políticos de control. Los banqueros saben eso, y según The Economist, "un grupo de los mayores bancos del mundo, conocido como G-20 (a pesar de tener apenas 17 miembros; ¿quién dice que los banqueros saben contar?), anunció planes para crear una organización con 24 horas de funcionamiento, para compensación de cambio externo dentro de los próximos años" (28). Después de eso, sólo inventando el día de 30 horas ...

La hiperinflación de las deudas enloquece a los gerentes del capital, pero la solución de la crisis no se encuentra en un chip súper avanzado, ni en el cálculo infinitesimal, porque aquélla tiene sus raíces en las propias leyes de desarrollo del capitalismo.

Las nuevas instituciones surgen del fracaso de las antiguas, y tiene ese fracaso incorporado en sus plataformas. Es el ocaso de la OIC, surgida de la constatación del fracaso del GATT, cuando, a partir de 1986, el proceso de liberalización de los cambios demostró haber llegado a un límite: por primera vez, las negociaciones de la Ronda Uruguay, abiertas en Punta del Este en setiembre de 1986, no pudieron ser concluidas en el plazo previsto de 4 años. Los instrumentos económicos se hunden unos tras otro: el mercado de los productos derivados —que Roberto Campos presenta como la panacea— entró en crisis después de la quiebra vinculada a él, en 1994, de la Banca Baring, uno de los símbolos históricos de la victoria mundial del capitalismo en su período de ascenso.

El fallido G-7, por otro lado, vino a paliar, en la práctica la falencia de la institución creada por el capitalismo internacional para resolver los conflictos internacionales, la ONU: "Después de la caída del Muro de Berlín, los EE.UU. confiscaron a la ONU; bajo la cobertura del nuevo orden internacional. Estupefactos por el brutal desmoranamiento del comunismo y ocupados con una crisis económica particularmente aguda, los pueblos no supieron medir la espiral de derrotas en la cual la organización mundial se sumergía, conviertiendo en ilusorios todos los proyectos de reformas de los cuales se hablaba para su quincuagésimo aniversario... Allí donde las llamas de la guerra se encienden, las Naciones Unidas, para apagarlas, utilizan métodos costosos e ineficaces. No obstante, la organización es dejada afuera en las grandes negociaciones de paz —Palestina o Bosnia— realizadas por los EE.UU... En el seno de las Naciones Unidas, la impotencia del Consejo Económico y Social confirma: la esfera financiera escapa a toda reglamentación colectiva" (subrayado nuestro) (29). (...)

Socialismo o Barbarie

El cuadro de certezas afirmadas por los propagandistas vulgares del mercado (los "neoliberales") contrasta con el cuadro de perplejidades e incertedumbres que, como vimos, caracteriza a los representantes de la ciencia económica y política oficial. Esta última, contrastando con la euforia del mercado, se ha transformado en una ciencia de pesimismo: "En la actualidad, la cuestión más importante de la teoría política occidental no se refiere a su habilidad explicativa o la apertura a noticias. Por el contrario, consiste en saber hasta qué punto la teoría política occidental posee los recursos para señalar el camino a un futuro menos gris. La cuestión central es saber si los seres humanos todavía pueden tener esperanzas de conservar su mundo" (30).

La ciencia económica, a su vez, se pregunta seriamente si el capitalismo no va a destruir el planeta, pues "si el análisis económico permite traducir el medio ambiente en términos monetarios, aun así él queda en una situación exterior al mercado, que exige que una oferta explícita encuentre una demanda explícita" (31). O también, que "una simple demostración matemática revela que la polución mundial y el agotamiento de los recursos naturales no tendrá solución si esta perspectiva no es tenida en cuenta por las políticas colectivas en la economía, industria y comercio" (32). Ahora, es justamente la incapacidad de poner en práctica "políticas colectivas" lo que caracteriza la situación presente: la crisis política retroalimenta la crisis económica.

Los historiadores que no quieren quedar apenas en la superficie de los acontecimientos, sólo consiguen vislumbrar, como Edward Luttwak, en el futuro, el fascismo, como también lo hace el muy conocido catedrático de Yale, Paul Kennedy (33). Intelectuales en el peor sentido del término, sólo ven, por razones de clase, una de las alternativas históricas del período convulsivo que vivimos, sin vislumbrar a la otra, resumida conceptualmente por Trotsky en el Segundo Congreso de la Internacional Comunista: "Ni el empobrecimiento, ni la prosperidad como tales, pueden conducir a la revolución, sólo los cambios de prosperidad a empobrecimiento, las crisis, la mutabilidad, la ausencia de estabilidad; éstas son las fuerzas motrices, los factores que causan la revolución".

El muy orgánico intelectual del Estado imperialista francés, Alain Minc, comentó, perplejo ante el contraste entre la marcha forzada hacia la ‘globalización’ y la revuelta social de noviembre-diciembre de 1995, que "en este mundo, aparentemente unificado por los modelos de vida y los mercados financieros, persiste una especificidad francesa: el gusto por el espasmo" (34).

En un mundo en que la ‘globalización’ abre perspectivas hasta para un derecho "transnacional", los Estados se transforman, cada vez más, en cárceles de los pueblos: el neofascismo pretende dar expresión a una tendencia, que "ha sido suficiente para implementar una legislación a favor del libre flujo de servicios y capitales, pero insuficiente para impedir una creciente legislación etnocéntrica, a favor del reflujo de las migraciones" (35).

Desde diversos ángulos se señala la creación de las bases para una "crisis sin precedentes", generada por el proceso autónomo del dinero y de las finanzas, que desembocó en una verdadera financierización de la riqueza. Y se formulan preguntas angustiadas: "¿Qué tipo de crisis-transición es ésa que, si no fuera bien encaminada, nos colocará ante una ´neobarbarie´ de la cual la praxis ´neoliberal´ y la impotencia crítico-propositiva son un simple epílogo? ¿Es posible reglamentar al capital globalizado sin intervenir en la propia lógica de la competencia y del afán de acumular por acumular que es contemporáneamente dominado por la riqueza abstracta, monetario-financiera?" (36).

Si es correcto apuntar que la lógica capitalista crea las bases de la barbarie, es unilateral hacerlo sin decir que crea, al mismo tiempo, las bases de lo contrario de la barbarie: la revolución socialista mundial. El internacionalismo proletario, condición sine qua non de ésta, es justamente replanteado sobre bases objetivas inéditas por el actual proceso del capital, incluyendo la crisis que, al provocar la desintegración de las burocracias parásitas, derribó las barreras reaccionarias que dividían a los trabajadores de todo el mundo, simbolizadas en el "muro de la vergüenza".

La ‘globalización’ no es otra cosa que la expresión ideológica de la internacionalización sin precedentes de las fuerzas productivas, y de su completa inadecuación a la sobrevivencia de los Estados nacionales, insuperable para el capital y sus supuestas "instituciones internacionales". El ‘espasmo’ no es una especificidad francesa, sino la expresión de un proceso universal: la revuelta de las fuerzas productivas de la humanidad contra el anacronismo capitalista, revuelta a la cual sólo el proletariado tiene las condiciones de dar una expresión política progresiva: la revolución, que se diseña en el horizonte histórico como la única alternativa a la barbarie.

Notas

1. Leslie Sklair, Sociología do Sistema Global, Petrópoliz, Vozes 1995, p. 79.

2. J. P. Arnazon. Nacionalismo, Globalización y Modernidad, en: Mike Feathetstone, Cultura Global, Petrópoliz, Vozes, 1994 p. 234.

3. J. Sachs y A. Warner. Economic Reform and the Process of Global Integration, Brooking Papers on Economic Activity, 1: 1995. 4. L. G. Franko. The Other Multinationals. The international firms of continental Europe (1870-1970), Ginebra, CEI, 1973.

5. Charles-Albert Michalet. Le Capitalisme Mondial, París, PUF, 1976, p. 27.

6. Pierre Beckouche. Industrie: un Seul Monde, París, Haitier, 1993, p. 24.

7. Elmar Altvater. O Precio da riqueza, sao Paulo, UNESP, 1995, p.157.

8. J. Foreman-Peck. Historia de la Economía mundial, Barcelona, Ariel, 1985, p. 354.

9. León Trotsky. O Marxismo do Nosso Tempo, San Pablo, Octubre, 1988, p. 46.

10. Gabriel Jipe. El desarrollo de los monopolios y la tendencia al estancamiento, Críticas de la Economía Política nº 3, México, abril 1977.

11. Paulo M. Batista Jr. O Mito da Globalización, Folha de Sao Paulo, 30 de mayo de 1996.

12. Francis J. Galvin. The Legends of Bretton Woods, Orbis, primavera 1996, p.197. Ver también Barry Eichengreen, International Monetary arrangements for the 21st. Century, Washington D.C., Brookings Institution, 1994; Marcelo De Cacco, The International Gold Standard: Money and Empire, Londres, Francis Pinter, 1984.

13. B. Bluestone y T. Ghilarducci. Rewarding Work, The American Prospect nº 26, mayo-junio 1996, p. 40.

14. Ver, por ejemplo, Jeremy Brecher y Tim Costello, Global Village or Global Pillage: Economic restructuring from the Bottom Up, Boston, South East Press, 1994; Jeremy Rifkin, The End of Work, Nueva York, Putnam, 1995; Julet Schor, The Overworked American, Nueva York, Basic Books, 1991; Donald Bartlett y James Steel, América: What Went Wrong?, Kansas City, Andrews & Mc Mell, 1992; Bennet Harrison y Barry Bluestone, The Great U- Turn, Nueva York, Harper Collins, 1990.

15. Simon Head. The New Ruthless Economy, The New York Review, 29 de febrero de 1996.

16. Ethan B. Kapstein. Workers and the World Economy, Foreing Affairs, mayo-junio 1996, p. 16.

17. Michel Husson, Les Fausses Evidences de la Mondialization, Le Monde, París, 25 de junio de 1996.

18. Luis Oviedo. China: principal fuente de acumulación capitalista mundial, En Defensa del Marxismo nº 11, Buenos Aires, abril 1996.

19. O Estado de Sao Paulo, 9 de julio de 1996.

20. Cf. Carlos J. Rossetto. O fin do futuro, Meio & Pesquisa, Sao Paulo, mayo 1996.

21. Jeffrey E Garten. Is America abondining multilateral trade?, Foreign Affairs, noviembre-diciembre 1995. p. 50.

22. James O‘Connor. El significado de la Crisis, Madrid, Revolución, 1989, p. 39.

23. Ernest H. Preeg. Policy Forum: Transatlantic Free Trade, The Washington Quaterly, primavera 1996.

24. Edgard Pisani. Tous ensemble contre la mondialisation, Le Monde Diplomatique, Paris, enero 1996.

25. Giovanni Arrighi. O Longo Seculo XX. Dinheiro, Poder e as Origens de Nosso Tempo, Río de Janeiro, Contraponto/UNESP, 1996.

26. Giovanni Arrighi. A desigualdade mundial en la distribución de renda e o futuro do socialismo, in E. Sader, O mundo depois da Queda, Río de Janeiro, Paz e Terra, 1995, p. 118.

27. The New York Times, 2 de mayo de 1995.

28. Gazeta Mercantil, Sao Paulo, 2 de junio de 1996.

29. M. Chemillier-Grendau. L´ ONU confisquée par les grandes puissances, Le Monde Diplomatique, París, enero 1996.

30. John Dunn. Western Political Theory in the Face of The Future, New York, Cambridge Universiyo Press, 1993, pp. 133-134.

31. Hervé Kempf. L’Economie à l’èpreuve de l ’ècologie, París, Hatier, 1991, p. 76.

32. William Keegan. The Spectre of Capitalism, Londres, Vintage Books, 1993, p. 192. Para algunos, el marxismo también está afectado por esta crisis, en la medida en que "los esquemas marxistas de ‘reproducción simple’ y de ‘reproducción ampliada’ no tienen en cuenta que la falta de recursos agotables puede poner un límite inclusive en la ‘reproducción simple’. Esto refleja el status metafísico que el concepto de ‘producción’ recibe en la economía marxista, así como en la ciencia económica convencional" (J. Martínez Alier y K. Schüpman), La Economía y la Ecología, México, FCE, 1991, p. 270). Lo único que esto demuestra es la comprensión metafísica del marxismo por parte de esos autores.

33. Cf. Jacqueline Breitinger. El peligro puede estar a nuestra derecha (entrevista con Paul Kennedy), Exame nº 609, 8 de mayo de 1996.

34. Le Figaro, París, 4 de diciembre de 1995.

35. José E. Faria (org.). Derecho y Globalización Económica, Sao Paulo, Malheiros, 1996.

36. José C. de Souza Braga. O espectro que ronda o Capitalismo, Folha de Sao. Paulo 1 de setiembre de 1996.

volver a la página principal de En defensa del marxismo