EDM 19 - Marzo 98

A noventa años del
Manifiesto Comunista
León Trotsky
Escrito en octubre de 1938.

¡Cuesta creer que falten tan sólo diez años para que se cumpla el centenario del Manifiesto del Partido Comunista! Este panfleto, más genial que cualquier otro en la literatura mundial, nos sorprende aún hoy por su frescura. Con certeza, los jóvenes autores (Marx tenía 29 años, Engels 27) tuvieron una mayor visión del futuro no sólo que sus predecesores sino que no fueron jamás igualados.

Ya en el prefacio que escribieron juntos para la edición de 1872, Marx y Engels declararon que, pese al hecho de que ciertos pasajes secundarios en el Manifiesto resultaban anticuados, consideraban que no tenían ningún derecho a alterar el texto original, en tanto que el Manifiesto ya se había convertido, en el período de 25 años que había transcurrido, en un documento histórico. Sesenta y cinco años más han pasado desde aquel momento. Pasajes aislados del Manifiesto resultan aún más anticuados. En este prefacio trataremos de señalar sucintamente tanto aquellas ideas del Manifiesto que conservan todo su vigor como aquellas que requieren una alteración o ampliación importante.

1. El concepto materialista de la historia, descubierto por Marx poco antes y aplicado con consumada habilidad en el Manifiesto, ha resistido perfectamente la prueba de los hechos y los golpes de la crítica hostil. Constituye hoy uno de los instrumentos más valiosos del pensamiento humano.

Las demás interpretaciones del proceso histórico han perdido toda significación científica. Podemos decir con certeza que en nuestro tiempo es imposible no sólo ser un militante revolucionario sino aun un observador versado en política, sin asimilar la interpretación materialista de la historia.

2. El primer capítulo del Manifiesto comienza con las siguientes palabras: "La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases". Este postulado, la conclusión más importante que se extrae de la interpretación materialista de la historia, se convirtió inmediatamente en un elemento de discusión en la lucha de clases. Ataques especialmente venenosos contra la teoría que reemplazaba ‘el bien común’, ‘la unidad nacional’ y ‘las verdades morales eternas’ por los intereses materiales como fuerza motriz, fueron lanzados por hipócritas reaccionarios, doctrinarios liberales y demócratas idealistas. Más tarde se le sumaron individuos reclutados en las filas del mismo movimiento obrero, los llamados revisionistas, es decir, los que proponían rever (‘revisar’) el marxismo en el espíritu de la colaboración y la conciliación de clases. Finalmente, en nuestros tiempos, los despreciables epígonos de la Internacional Comunista (los ‘stalinistas’) han seguido, en la práctica, el mismo camino: la política del así llamado ‘Frente Popular’ surge totalmente de la negación de las leyes de la lucha de clases. Mientras tanto, es precisamente la época del imperialismo la que, llevando todas las contradicciones sociales a un punto de máxima tensión, da al Manifiesto Comunista su mayor triunfo teórico.

3. La anatomía del capitalismo, como una etapa específica en el desarrollo económico de la sociedad, fue expuesta en forma acabada por Marx en El Capital (1867). Pero ya en el Manifiesto Comunista las líneas más importantes del futuro análisis fueron firmemente esbozadas: el pago de la fuerza de trabajo como equivalente al costo de su reproducción; la apropiación de la plusvalía por los capitalistas; la competencia como la ley fundamental de las relaciones sociales; la ruina de las clase intermedias, es decir, la pequeño burguesía urbana y el campesinado; la concentración de la riqueza en un número siempre decreciente de propietarios en un polo y el crecimiento numérico del proletariado en el otro; la preparación de las pre-condiciones materiales y políticas para el régimen socialista.

4. Atacaron violentamente la proposición en el Manifiesto referente a la tendencia del capitalismo a bajar el nivel de vida de los trabajadores y reducirlos a la pobreza. Clérigos, profesores, ministros, periodistas, teóricos socialdemócratas y dirigentes sindicales salieron al paso para enfrentar la llamada ‘teoría del empobrecimiento’. Invariablemente encontraban signos de creciente prosperidad entre los trabajadores, haciendo pasar la situación de la aristocracia obrera por la de todo el proletariado, o tomando como perdurable alguna tendencia momentánea. Mientras tanto, hasta el desarrollo del más poderoso capitalismo del mundo, el capitalismo de los Estados Unidos, ha convertido a millones de trabajadores en mendigos mantenidos a expensas de la caridad federal, municipal o privada.

5. En contra del Manifiesto, que describía a la crisis industrial y comercial como una serie de catástrofes cada vez mayores, los revisionistas aseguraban que el desarrollo de los trusts a nivel nacional e internacional aseguraría el control sobre el mercado, llevando gradualmente a terminar con la crisis. Lo que caracterizó el fin del siglo pasado y el comienzo del presente fue un desarrollo tan tempestuoso del capitalismo que las crisis aparecían como interrupciones ‘accidentales’. Pero esa época se ha ido para no volver. En definitiva, Marx tuvo razón también en este tema.

6. "El gobierno del Estado moderno no es más que una Junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa". Esta fórmula sucinta, que los dirigentes de la socialdemocracia consideraron como una paradoja periodística, de hecho contiene la única teoría científica del Estado. La democracia creada por la burguesía no es, como lo creyeron Bernstein (1) y Kautsky (2), una bolsa vacía que puede ser llenada sin problemas con cualquier tipo de contenido de clase. Un gobierno del ‘Frente Popular’, esté dirigido por Blum (3) o Chautemps (4), Caballero (5) o Negrín (6), no es sino "una Junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa". Cuando este ‘comité’ maneja mal las cosas, la burguesía lo echa a patadas.

7. "Toda lucha de clases es una lucha política". "La organización del proletariado como clase, (es) en consecuencia su organización como partido político". Sindicalistas por un lado y anarco-sindicalistas por el otro, durante largo tiempo se alejaron, y aún hoy tratan de escaparse, de la comprensión de estas leyes históricas. El sindicalismo ‘puro’ ahora ha sufrido un golpe demoledor en su principal refugio: Estados Unidos (7). El anarco-sindicalismo ha sufrido una derrota irreparable en su última plaza fuerte: España (8). Aquí también el Manifiesto demostró estar en lo cierto.

8. El proletariado no puede conquistar el poder dentro del marco legal establecido por la burguesía. "Los Comunistas declaran abiertamente que sus fines sólo pueden ser alcanzados destruyendo por la fuerza las condiciones sociales existentes". El reformismo intentó explicar este postulado del Manifiesto sobre la base de la inmadurez del movimiento de aquel momento y el desarrollo inadecuado de la democracia. El destino que sufrieron las ‘democracias’ italiana, alemana (9) y muchas otras demuestra que la ‘inmadurez’ es el rasgo distintivo de las ideas de los reformistas mismos.

9. Para la transformación socialista de la sociedad, la clase trabajadora debe concentrar en sus manos un poder tal que le permita aplastar todos y cada uno de los obstáculos políticos que cierren el camino hacia el nuevo sistema. "El proletariado organizado como clase dominante" —eso es la dictadura. Al mismo tiempo es la única verdadera democracia proletaria. Su alcance y profundidad dependen de las condiciones históricas concretas. Cuantos más Estados tomen el camino de la revolución socialista, tanto más libres y flexibles serán las formas que adoptará la dictadura, tanto más ancha y más profunda será la democracia obrera.

10. El desarrollo internacional del capitalismo ha predeterminado el carácter internacional de la revolución proletaria. "La acción común del proletariado, al menos de los países civilizados, es una de las primeras condiciones para su emancipación". El desarrollo ulterior del capitalismo unió tan estrechamente todos los sectores de nuestro planeta, tanto ‘civilizados’ como ‘no civilizados’, que el problema de la revolución socialista ha asumido total y decisivamente un carácter mundial. La burocracia soviética intentó liquidar el Manifiesto en lo que respecta a esta cuestión fundamental. La degeneración bonapartista del Estado soviético es una abrumadora demostración de la falsedad de la teoría del socialismo en un solo país.

11. "Una vez que en el curso del desarrollo hayan desaparecido las diferencias de clase y se haya concentrado toda la producción en manos de los individuos asociados, el poder público perderá su carácter político". En otras palabras: el Estado se desvanece. La sociedad permanece, liberada de su chaleco de fuerza. Esto no es otra cosa que el socialismo. El teorema inverso: el monstruoso crecimiento de la coerción estatal en la URSS es el testimonio elocuente de que la sociedad se está alejando del socialismo.

12. "Los trabajadores no tienen patria". Estas palabras del Manifiesto más de una vez han sido evaluadas por los filisteos como un latiguillo agitativo. De hecho, ellas dieron al proletariado la única directiva concebible en lo que respecta a la cuestión de la ‘patria’ capitalista. La violación de esta directiva por la Segunda Internacional (10) trajo como consecuencia no sólo cuatro años de devastación en Europa, sino además el actual estancamiento de la cultura mundial. En vista de que la nueva guerra ya es inminente, posibilitada por la traición de la Tercera Internacional (11), el Manifiesto aún hoy sigue siendo el consejero más digno de confianza con respecto a la cuestión de la ‘patria’ capitalista.

Así, vemos que la producción conjunta y relativamente breve de dos jóvenes autores, aún continúa ofreciendo directivas irreemplazables acerca de las cuestiones más importantes y candentes de la lucha por la emancipación. ¿Qué otro libro podría compararse siquiera de lejos con el Manifiesto Comunista? Pero esto no implica que, luego de noventa años de desarrollo sin precedentes de las fuerzas productivas y vastas luchas sociales, el Manifiesto no necesite correcciones ni agregados. El pensamiento revolucionario no tiene nada en común con la adoración de ídolos. Los programas y los pronósticos se ponen a prueba y se corrigen a la luz de la experiencia, que es el criterio supremo de la razón humana. El Manifiesto también requiere correcciones y agregados. Sin embargo, como lo evidencia la experiencia histórica, estas correcciones y agregados sólo pueden hacerse con éxito si se procede con el método que anida en las bases del Manifiesto mismo. Trataremos de indicar esto en varias instancias por demás importantes.

I. Marx enseñó que ningún sistema social desaparece de la arena de la historia antes de agotar sus potencialidades creativas. El Manifiesto censura violentamente al capitalismo por retardar el desarrollo de las fuerzas productivas. Sin embargo, durante aquel período, así como también en las décadas siguientes, este retraso era de naturaleza sólo relativa. Si hubiera sido posible, en la segunda mitad de siglo XIX, organizar la economía sobre bases socialistas, sus ritmos de crecimiento habrían sido inconmensurablemente mayores. Pero este postulado teóricamente irrefutable no invalida el hecho de que las fuerzas productivas siguieron expandiéndose a escala mundial hasta las vísperas de la (Primera) Guerra Mundial. Sólo en los últimos veinte años (12), pese a las más modernas conquistas de la ciencia y la tecnología, ha comenzado la época de decisivo estancamiento y aun decadencia de la economía mundial. La humanidad está empezando a gastar su capital acumulado, mientras la guerra amenaza con destruir las mismas bases de la civilización en los años venideros. Los autores del Manifiesto pensaban que el capitalismo sería derrocado mucho antes de llegar el momento en que se transformaría de un régimen relativamente reaccionario en un régimen reaccionario en términos absolutos. Esta transformación tomó su forma definitiva sólo ante los ojos de la generación actual, y convirtió a nuestra época en la época de las guerras, las revoluciones y el fascismo.

II. El error de Marx y Engels en relación con las fechas históricas surgía por un lado de la subestimación de las posibilidades futuras latentes en el capitalismo, y por el otro, de la sobrevaloración de la madurez revolucionaria del proletariado. La revolución de 1848 no se convirtió en una revolución socialista como había pronosticado el Manifiesto, sino que abrió para Alemania la posibilidad de un vasto ascenso capitalista en el futuro. La Comuna de París (13) demostró que el proletariado no podía quitarle el poder a la burguesía si no tiene para conducirlo un partido revolucionario experimentado. Mientras tanto, el período prolongado de prosperidad capitalista que siguió, produjo, no la educación de la vanguardia revolucionaria, sino más bien la degeneración burguesa de la aristocracia obrera, lo que a su vez se convirtió en el principal freno a la revolución proletaria. La naturaleza de las cosas hizo imposible que los autores del Manifiesto pudieran prever esta ‘dialéctica’.

III. Para el Manifiesto, el capitalismo era… el reino de la libre competencia. Mientras que hacía referencia a la creciente concentración del capital, el Manifiesto no sacó la necesaria conclusión en relación al monopolio, que se ha convertido en la forma capitalista dominante en nuestra época y en el más importante prerrequisito para la economía socialista. Sólo más tarde, en El Capital, estableció Marx la tendencia hacia la transformación de la libre competencia en monopolio. Fue Lenin quien dio una caracterización científica del capitalismo monopolista en su Imperialismo.

IV. Basándose fundamentalmente en el ejemplo de la ‘revolución industrial’ en Inglaterra, los autores del Manifiesto se representaron de una manera demasiado unilateral el proceso de liquidación de las clases intermedias, como una completa proletarización de las artesanías, pequeños oficios y el campesinado. De hecho, las fuerzas elementales de la competencia están muy lejos de haber completado esta tarea, simultáneamente progresiva y bárbara. El capitalismo ha arruinado a la pequeña burguesía más rápido de lo que la ha proletarizado. Más aún, el Estado burgués desde hace mucho tiempo instrumenta una política conciente dirigida al mantenimiento artificial de estratos pequeñoburgueses. En el polo opuesto, el desarrollo de la tecnología y la racionalización de la industria a gran escala, engendra desempleo crónico y obstaculiza la proletarización de la pequeñaburguesía. Concurrentemente, el desarrollo del capitalismo ha acelerado en extremo el surgimiento de legiones de técnicos, administradores, empleados de comercio, en resumen, la llamada ‘nueva clase media’. En consecuencia, las clases intermedias a las que se refiere el Manifiesto en forma tan categórica son, aun en un país altamente industrializado como Alemania, alrededor de la mitad de la población. Sin embargo, la preservación artificial de la antigua capa pequeñoburguesa de ninguna manera mitiga las contradicciones sociales, sino que, por el contrario, las inviste de una especial malignidad, y junto con un ejército permanente de desocupados, constituye la expresión más malévola de la decadencia del capitalismo.

V. Concebido para una época revolucionaria, el Manifiesto contiene (fin del capítulo II) diez consignas, que corresponden al período de transición directo del capitalismo al socialismo. En su prefacio de 1872, Marx y Engels declararon que estas consignas se habían vuelto en parte anticuadas, y en todo caso sólo de importancia secundaria. Los reformistas interpretaron esta evaluación en el sentido de que las consignas transicionales revolucionarias habían cedido su lugar para siempre al ‘programa mínimo’ socialdemócrata que, como es sabido, no trasciende los límites de la democracia burguesa. De hecho, los autores del Manifiesto indicaron con bastante precisión la corrección fundamental de su programa de transición, a saber: "La clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines". En otras palabras, la corrección iba dirigida contra el fetichismo de la democracia burguesa. Marx luego contrapuso el Estado del tipo de la Comuna al Estado capitalista. Este ‘tipo’ más tarde asumió la forma mucho más gráfica de soviets. No puede haber un programa revolucionario hoy, sin soviets y sin control obrero. Y por lo demás, las diez consignas del Manifiesto que resultaron ‘arcaicas’ en una época de actividad parlamentaria pacífica, hoy han recobrado completamente su verdadero significado. Por otro lado, el ‘programa mínimo’ de la socialdemocracia se ha vuelto irremediablemente anticuado.

VI. Basando sus expectativas en que "la revolución burguesa alemana… no será más que el preludio de una revolución proletaria inmediatamente posterior", el Manifiesto hace referencia a las condiciones mucho más avanzadas de la civilización europea en comparación con la Inglaterra del siglo XVII y la Francia del siglo XVIII, y el desarrollo mucho mayor del proletariado. Lo equivocado de este pronóstico no sólo era la fecha. La revolución de 1848 mostró, en unos pocos meses, que precisamente bajo condiciones más avanzadas, ninguna de las clases burguesas es capaz de llevar la revolución a su término: la gran y mediana burguesía tienen vinculos demasiados estrechos con los terratenientes y el temor a las masas las inmoviliza; la pequeñaburguesía se presenta demasiado dividida, y en sus capas dirigentes se muestra demasiado dependiente de la gran burguesía. Como lo evidencia todo el curso subsiguiente del desarrollo en Europa y Asia, la revolución burguesa, por sí sola, en términos generales ya no puede consumarse. Sólo a condición de que el proletariado, libre de la influencia de los partidos burgueses, tome su puesto a la cabeza del campesinado estableciendo su dictadura revolucionaria, puede concebirse la purga de la sociedad de todo residuo feudal. Por este hecho, la revolución burguesa se entrelaza con la primera etapa de la revolución socialista, para disolverse luego en esta última. La revolución nacional se vuelve de este modo un eslabón de la revolución mundial. La transformación de las bases económicas y de todas las relaciones sociales asume un carácter permanente.

Para los partidos revolucionarios en países atrasados de Asia, América Latina y Africa, se vuelve una cuestión de vida o muerte la clara comprensión de la conexión orgánica entre la revolución democrática y la dictadura del proletariado, y por lo tanto, con la revolución socialista internacional.

VII. Mientras describe cómo el capitalismo arrastra en su vorágine a los países bárbaros y atrasados, el Manifiesto no contiene ninguna referencia a la lucha de los países coloniales y semicoloniales por su independencia. Dado que Marx y Engels consideraban a la revolución social "por lo menos en los países civilizados más importantes", como una cuestión que debía resolverse en unos pocos años, para ellos el problema colonial estaba resuelto automáticamente, no como consecuencia de un movimiento independiente de las nacionalidades oprimidas, sino como consecuencia de la victoria del proletariado en los centros metropolitanos del capitalismo. Por lo tanto, en el Manifiesto ni siquiera se hace referencia de pasada a las cuestiones de la estrategia revolucionaria en países coloniales y semi-coloniales. Sin embargo, estas cuestiones exigen una solución independiente. Por ejemplo, es bastante autoevidente que mientras la cuestión del ‘nacionalismo’ se ha convertido en el más dañino de los frenos históricos en los países capitalistas adelantados, aún permanece como un factor relativamente progresivo en países atrasados que se ven obligados a luchar por una existencia independiente.

"En resumen, los comunistas", declara el Manifiesto, "apoyan por doquier todo movimiento revolucionario contra el régimen social y político existente". El movimiento de las razas de color en contra de sus opresores imperialistas, es uno de los movimientos más importantes y poderosos en contra del orden existente y por lo tanto exige el apoyo incondicional e ilimitado por parte del proletariado de raza blanca. El mérito por el desarrollo de una estrategia revolucionaria para las nacionalidades oprimidas le corresponde primordialmente a Lenin.

VIII. La parte más anticuada del Manifiesto —no en lo que respecta a método sino a material— es la crítica de la literatura ‘socialista’ de la primera parte del siglo XIX (capítulo III) y la definición de la posición de los comunistas en relación a varios partidos de oposición (capítulo IV). Los movimientos y partidos enumerados en el Manifiesto fueron barridos tan drásticamente por la revolución de 1848 o la contrarrevolución posterior, que uno debe buscar hasta sus nombres en un diccionario. Sin embargo, también en esta sección, el Manifiesto quizás está más cerca nuestro ahora que lo que estuvo de la generación anterior. En las épocas de florecimiento de la Segunda Internacional, cuando el marxismo parecía ejercer una influencia sin fisuras, podría haberse considerado que las ideas del socialismo pre-marxista habían quedado definitivamente en el pasado. Hoy las cosas son distintas. La descomposición de la socialdemocracia y de la Internacional Comunista engendra a cada paso monstruosas reincidencias ideológicas. El pensamiento senil parece haberse vuelto infantil. A la búsqueda de fórmulas salvadoras, los profetas en la época de decadencia descubren nuevamente doctrinas enterradas hace muchos años por el socialismo científico.

Es en lo que respecta a la cuestión de los partidos de oposición que las décadas pasadas han introducido los cambios más profundos, no sólo en el sentido de que los viejos partidos han sido reemplazados por otros nuevos, sino también en el sentido de que el mismo carácter de los partidos y sus relaciones mutuas han cambiado radicalmente en las condiciones de la época imperialista. Por lo tanto, el Manifiesto debe ser ampliado con los documentos más importantes de los cuatro primeros Congresos de la Internacional Comunista, la literatura bolchevique esencial y las decisiones de las Conferencias de la IVª Internacional.

Ya hemos comentado más arriba que, según Marx, ningún orden social desaparece de escena antes de agotar sus potencialidades latentes. Sin embargo, aun un orden social anticuado no cede su lugar a un orden nuevo sin oponer resistencia. Un cambio de régimen social presupone la lucha de clases en su forma más cruda, es decir, una revolución. Si el proletariado, por una razón u otra, se muestra incapaz de derrocar con un golpe audaz al perimido orden burgués, entonces el capital financiero, en su lucha por mantener su dominio inestable, no puede hacer otra cosa que convertir a la pequeñaburguesía, a la que ha empobrecido y desmoralizado, en el ejército fascista de los pogroms. La degeneración burguesa de la socialdemocracia y la degeneración fascista de la pequeñaburguesía están interrelacionadas en cuanto causa y efecto.

En la actualidad, la Tercera Internacional lleva a cabo en todos los países la tarea de engañar y desmoralizar a los trabajadores, mucho más desenfrenadamente que la Segunda. Al masacrar a la vanguardia del proletariado español, los desatados mercenarios de Moscú no sólo abren el camino al fascismo sino que ejecutan, además, una buena parte de sus tareas. La crisis prolongada de la revolución internacional, que se está convirtiendo cada vez más en una crisis de la cultura humana, se reduce esencialmente a la crisis de su dirección revolucionaria.

Como heredera de la gran tradición, de la que el Manifiesto Comunista constituye su eslabón más preciado, la IVª Internacional está educando cuadros nuevos para la solución de viejas tareas. La teoría es la realidad generalizada. La urgencia apasionada por reconstruir la realidad social se expresa en una actitud honesta hacia la teoría revolucionaria. El que en la parte sur del continente negro, compañeros de nuestras mismas ideas hayan sido los primeros en traducir el Manifiesto al idioma africano, constituye otra ilustración gráfica del hecho de que el pensamiento marxista hoy sólo vive bajo la bandera de la IVª Internacional.

 

1. Bernstein, Eduard (1850/1932). Dirigente del ala derechista de la socialdemocracia alemana y principal teórico del reformismo y el revisionismo.

2. Kautsky, Karl (1854/1938). Dirigente de la socialdemocracia internacional. Hasta la guerra mundial, encabezó el combate teórico contra el revisionismo bernsteiniano. Más tarde, frente a la Guerra Mundial y la Revolución de Octubre, él mismo se pasó a posiciones revisionistas, oscilando entre el ala derechista y el ala revolucionaria. Fue un ferviente opositor de la Revolución de Octubre.

3. Blum, León (1872/1950). Dirigente del Partido Socialista francés. Primer ministro a la cabeza del gobierno de coalición con los radicales burgueses. Al asumir como primer ministro, en junio de 1936, anunció la necesidad de mantenerse dentro de los límites del sistema capitalista.

4. Chautemps, Camille. Socialista radical francés, ministro del gabinete de Blum.

5. Caballero, Francisco Largo. Dirigente del ala izquierda del socialismo español. Primer ministro del gobierno del Frente Popular; bajo su mandato fueron desarmados los Comités que los obreros españoles habían puesto en pie para combatir a la contrarrevolución; fue desplazado del gobierno después del aplastamiento de la insurrección obrera de Barcelona (mayo de 1937).

6. Negrín, Juan. Dirigente del ala derecha del socialismo español. Reemplazó a Largo Caballero como primer ministro; estrechamente aliado a los stalinistas, fue jefe de gobierno de la República Española hasta la victoria de Franco.

7. Se refiere al sindicalismo amarillo, cuyo principal representante fue Samuel Gompers.

8. Se refiere al hundimiento del anarco-sindicalismo español durante la revolución que siguió al levantamiento de Franco y la guerra civil. Los dirigentes anarco-sindicalistas apoyaron a los gobiernos de Frente Popular que hundieron la revolución y abrieron el camino a la victoria de Franco.

9. Se refiere al ascenso al poder por parte de Mussolini y Hitler.

10. Se refiere a la traición de la Segunda Internacional, cuyas principales secciones nacionales (Alemania, Francia, Austria) apoyaron a las burguesías de cada uno de sus países en la Primera Guerra Mundial.

11. Se refiere a la política de la Internacional Comunista, que sin luchar permitió el acceso de Hitler al poder en Alemania y la victoria del franquismo en España.

12. Se refiere al período que va de 1918 a 1938.

13. Comuna de París. Primer gobierno obrero de la historia, nacido de la insurrección de los obreros de París en marzo de 1871; los primeros decretos de la Comuna fueron la supresión del ejército regular y su reemplazo por el pueblo en armas, la separación de la Iglesia y el Estado, y la abolición de la burocracia estatal (mediante la elección y revocabilidad de todos los cargos, remunerados con el salario de un obrero). La heroica tentativa de la Comuna fue salvajemente aplastada por la burguesía francesa a fines de mayo: 32.000 obreros fueron fusilados en las calles de París entre el 25 y el 28 de mayo de 1871.

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