EDM 20 - Mayo 98

Rebelión en las colonias:
Puerto Rico 1898
Rafael Bernabe
Reproducido de la revista ‘Viento Sur’ (España, abril de 1998).

El "Número 2" en los planes del Ejército norteamericano en la guerra hispanoamericana fue invadido el 25 de julio de 1898. La resistencia del Ejercito español fue poco más que simbólica. De hecho, todo indica que la poca resistencia de las fuerzas peninsulares se debió, en buena medida, a las claras señales de que amplios sectores de la población no estaban dispuestos a sacrificar ni vidas ni propiedades en defensa del dominio español. El 12 de agosto se firma el armisticio. Para octubre se completa el traspaso de Puerto Rico a manos norteamericanas. Así terminan, sin pena ni gloria, cuatro siglos de dominio colonial español. ¿Cómo se encontraba el país en aquel momento? Durante la segunda mitad del siglo XIX, la industria del azúcar se había hundido en una profunda crisis. Diversos factores —depresión de la economía internacional, desarrollo técnico de la refinación, unificación del mercado norteamericano, surgimiento de exportadores de azúcar de remolacha europeos— habían implicado una creciente sobreproducción y una competencia recrudecida en el mercado mundial del azúcar. Tan sólo los más eficientes podían sobrevivir en ese ambiente. En regiones como Puerto Rico, que producían azúcar cruda de caña, ello imponía una acelerada transición del ingenio a la central que, a su vez, conllevaba una compleja y costosa transformación técnica, así como la diferenciación de la clase hacendada (entre centralistas y colonos) y la formación de una clase obrera asalariada. Para 1897 era evidente que los azucareros puertorriqueños estaban naufragando en las aguas de esa transformación. Durante esas décadas, sin embargo, la producción de café —en la región central y occidental de la isla— vive una expansión extraordinaria: el 98 vendría a cortar esa ‘belle epoque’ cafetalera, único periodo de la historia isleña en que el centro de gravedad económico se localiza en el interior montañoso. La clase política del país —entre la precariedad económica y la censura intermitente— había ido coagulando una frágil esfera pública, en la que ya se movían algunas revistas de importancia, pocos —pero a menudo combativos— periódicos y en la que surgían elementos de una literatura que se planteaba la búsqueda de una identidad isleña. Liberal, progresista, crítica, esa fina capa letrada de las clases poseedoras generó más de un texto que todavía sorprende por su ingeniosidad. Desde la ironía de El Gibaro, de Alonso, pasando por el temprano feminismo de Póstumo el Transmigrado, de Tapia, hasta la crítica social de La charca, de Zeno, se detecta en la ‘intelligentsia’ criolla una clara voluntad de mantenerse al tanto de lo que pasa en Europa y Estados Unidos, ejercicio del cual la metrópoli peninsular salía mal parada.

La expresión política de esta situación fue la consolidación del movimiento autonomista, que en 1887 se organiza en partido. El autonomismo insistiría en que Puerto Rico debía gozar no sólo de iguales derechos que otras regiones del reino, sino que además su gobierno merecía opciones que se adaptaran a su situación (geográfica, económica) particular. De ahí las exigencias de un régimen autonómico. Existía otra figura de la política isleña: el separatismo revolucionario, que desde el exilio dirigían figuras como Betances, Hostos y Sotero Figueroa.

Republicanos, radicales, incansables conspiradores y propagandistas, este sector laboró desde Nueva York, París, Haití, Tampa y diversos puntos de Sudamérica, por la independencia tanto de Puerto Rico como de Cuba y por la idea —que ellos tienen el honor de haber formulado por primera vez— de la Confederación Antillana. El 98 encuentra de ese modo, a diversos sectores, en diferentes quehaceres. En París y Nueva York, los separatistas se entregan a la revolución cubana que se había reiniciado en 1895 bajo la dirección del Partido Revolucionario Cubano. En Nueva York, la sección de Puerto Rico del partido reúne a un grupo de artesanos de ideas sociales avanzadas —su figura más destacada es Sotero Figueroa— que desconfían del sector de profesionales (Roberto H. Todd, José Julio Henna) —de claras inclinaciones anexionistas— que toma la dirección formal de la sección. En Puerto Rico, el autonomismo intenta usar la presión que la guerra cubana pone sobre el gobierno español para arrancar las ansiadas reformas autonómicas. Ello genera, sin embargo, una división del autonomismo. Un sector insiste en su definición republicana y se opone a todo acuerdo con partidos monárquicos en la península. Otro sector, advirtiendo la debilidad de los partidos republicanos, favorece una alianza con liberales monárquicos dispuestos a conceder la autonomía. Cuando los últimos firman el conocido Pacto con Sagasta, el Partido Autonomista se divide: a un lado, los "ortodoxos" que repudian el Pacto; al otro los "liberales", que lo defienden. El asesinato de Cánovas por el anarquista Angiolillo —que poco antes se había entrevistado y probablemente recibido ayuda del separatista Betances— devuelve a Sagasta al gobierno y le abre la puerta a la reforma autonómica.

En noviembre del 97, se promulga la autonomía. Cinco meses después Estados Unidos declara la guerra. El Gobierno autonómico nace con los días contados. Si bien las consecuencias del 98 generaron posteriormente nostalgias por la tronchada autonomía (o llamados a retomar lo que se concebiría como una evolución orgánica del país interrumpida por la invasión), lo cierto es que en el 98 mismo el sentimiento reinante en el país fue en lo fundamental de optimismo. Los demócratas confiaban en la rápida instalación de un régimen liberal. El naciente movimiento obrero atisbaba mayores espacios para desarrollarse. Los azucareros soñaban con el acceso al mercado protegido de Estados Unidos: los cafetaleros confiaban en complementar sus mercados con una mayor salida a los consumidores del Norte. Ante tales promesas, la Carta Autonómica se presentaba como pálido fósil de otra época. De ahí que los partidos que "ortodoxos" y "liberales" fundaron en 1899 formularan programas con la misma exigencia: Puerto Rico debía convertirse en Estado de Estados Unidos. Mientras esos sectores gestionaban la anexión, en el campo surge un ultimo zarpazo popular de repudio al antiguo régimen. Luego de décadas de miseria sin esperanza, bandas de sectores desposeídos —las llamadas partidas sediciosas o "tiznaos"— aprovechan el interregno entre el colapso del aparato represivo español y la instalación de las nuevas autoridades para asaltar propiedades y humillar propietarios en el interior del país. Algo esta claro: nadie lloró mucho el fin de la época que se cerraba en 1898. La vista estaba puesta en el futuro, no en el pasado, en Washington y no en Madrid. Para muchos, como diría una figura de la época, "el desengaño sería cruel".

En España, el "desastre del 98" inspiraría una angustiada reflexión. La obra de esa generación tendría un importante efecto retardado en Puerto Rico. Así, cuando en la década del treinta una importante promoción de autores —con el balance de cuarenta años de colonialismo norteamericano a la vista y en medio de la depresión— se replanteó el problema de la cultura y de la identidad puertorriqueña, su análisis de lo que en ese momento se bautizaría retrospectivamente como el "trauma del 98", tendría como modelo la obra de la "generación del 98". Pero se trata, como indicamos, de un efecto retardado. En 1898, la atención se dirige hacia los debates en la nueva metrópoli. Hay que recordar que Estados Unidos también tuvo, si no una generación, un gran debate del 98, en el que muchos plantearon que ese país tenia ante sí grandes definiciones.

¿Qué hacer con Filipinas y Puerto Rico?

En 1900 el Congreso dio una primera respuesta a la pregunta: aprobó la llamada Ley Foraker que establecía un gobierno civil en Puerto Rico a la vez que se rehusaba (a través de sus disposiciones arancelarias) a reconocer a Puerto Rico como parte de Estados Unidos. Esto, para los críticos de la ley, constituía un atentado a toda la tradición republicana. Según ellos, Estados Unidos podía gobernar territorios que, como futuros Estados, ya eran parte de Estados Unidos o podía y debía concederle la independencia a los territorios que no quería incorporar a la Unión. En todo caso, no podía gobernar territorios y a la vez excluirlos de la Unión: tales territorios serían colonias y Estados Unidos se convertiría en poder colonial. ¿República o poder colonial? El debate que esa pregunta desató merecería consideración aparte.

Es en ese contexto que Kypling redacta su White Man’s Burden, invitación a que Estados Unidos asuma la "encomienda del hombre blanco" y se una al club de los poderes coloniales. Para otros, detrás del empuje colonial se encontraban los trusts e intereses financieros que también se presentaban como amenaza a la pequeña propiedad. De retazos del populismo agrario y urbano, del movimiento obrero y socialista y del reformismo anti-trust surgió así, en Estados Unidos, una no despreciable oposición a la Ley Foraker y sus aplicaciones.

No todos los oponentes de la ley eran demócratas consecuentes: los productores de azúcar de remolacha temían que el trust del azúcar (su competidor) se fortaleciera una vez se apoderase de la producción de caña en las islas. Por otro lado, no pocos antimperialistas se oponían a la anexión porque "razas inferiores" no debían convertirse en parte de la república anglosajona. Esa compleja coyuntura —que no podemos examinar aquí— enmarca las decisiones del Tribunal Supremo de Estados Unidos, en los conocidos Casos Insulares, en los que se fijaron los límites de buena parte de la política y de la economía puertorriqueñas del siglo XIX. En esas decisiones se definió a Puerto Rico como territorio no incorporado, es decir, como posesión, pero no parte de Estados Unidos.

Desde hace casi cien anos Puerto Rico se mueve en esa órbita de la no incorporación. Sería difícil encontrar un debate durante este siglo sobre política salarial, fiscal, migratoria o cultural —por mencionar algunos temas— que no implique directamente al tema de la relación de no incorporación: nuestro siglo XX ha sido el siglo de la no incorporación. Incluso en las ultimas dos décadas, las disposiciones que han atraído a las multinacionales que hoy dominan la economía insular (las llamadas corporaciones 936) dependen del hecho de que Puerto Rico se mantiene en ese espacio jurídico-colonial de la no incorporación. Pero esa es otra historia, más reciente. Aquí conviene ver consecuencias más inmediatas del nuevo régimen. A partir de 1900, las suertes del café y del azúcar se invierten: la segunda pasa a una expansión acelerada, que se extiende hasta la "danza de los millones" al finalizar la Primera Guerra Mundial y luego —gracias a la política proteccionista de Estados Unidos durante la década del veinte— hasta el comienzo del plan azucarero del New Deal de Roosevelt en 1934, con su sistema de cuotas. Se completa aceleradamente la transición a la central y al trabajo asalariado en condiciones —monocultivo, trabajo estacional— que implican una difícil situación para el proletariado agrícola. Por su lado, los azucareros del patio —centralistas y colonos— tienen que acomodarse a la presencia del capital norteamericano (vinculado a los refinadores continentales), que para la década del veinte ya muele la mitad del azúcar puertorriqueña. En cuanto al café, el cambio de soberanía dificulta su acceso al mercado europeo, a la vez que en el mercado norteamericano se enfrenta a la competencia del café brasileño.

La Primera Guerra Mundial cierra los mercados europeos por más tiempo del que ese sector puede aguantar: la década del veinte será de crisis cada vez más aguda. Así, temas como el monocultivo azucarero, la presencia del capital norteamericano, la situación del pequeño productor y del obrero agrícola y el destino del café animaron más de un debate en la primera mitad de siglo.

¿Cómo se articulan estos cambios con los reclamos de tipo nacional? Irónicamente el cambio de metrópoli facilita en más de un sentido la formulación de un proyecto nacional. Si bien la renegociación autonomista de la relación política con España implicaba un complejo proceso de gradual diferenciación cultural de la clase criolla (hacia una nueva identidad cultural propia), el 98 les separaba de golpe de España, a la vez que les colocaba ante una nueva metrópoli cuya cultura —empezando por el idioma— era indudablemente distinta de la del criollo. Los rasgos diferenciales de una nación puertorriqueña —para el que quisiera articularlos en proyecto político— serían mucho más evidentes ante el régimen yanqui que ante el español. De ahí que, a pesar de todos los intentos por negarla, el siglo XX haya sido escenario de una creciente (aunque siempre heterogénea y problemática) identidad nacional de los que habitan el "Número 2". Sin embargo, esa creciente y vigorosa conciencia nacional no se ha traducido en un poderoso movimiento independentista. Si bien las transformaciones que siguieron al 98 crearon el terreno para el nacimiento del movimiento obrero como nuevo agente social, también ayudaron a que viviera sus primeras décadas vinculado al sindicalismo conservador encarnado en la American Federation of Labor. Por su lado, los sectores más beneficiados por la nueva relación (como los azucareros) prefirieron acomodarse al régimen existente. Los menos favorecidos (como los cafetaleros) no articularon más que débiles peticiones de reforma. En ambos casos, las clases poseedoras desplegaban una política de reforma colonial en el contexto de la relación de no incorporación. Así, el autonomismo que parecía muerto en 1898 gozaría de una segunda oportunidad sobre la tierra bajo el régimen colonial norteamericano. El autonomismo, que dominaría la política puertorriqueña hasta hace poco —y muchos dirían hasta el presente— combina políticas de subordinación colonial con afirmaciones de la diferencia nacional puertorriqueña. Insiste en garantizar espacios para la identidad puertorriqueña dentro de la relación colonial. En ese sentido constituye la política más adecuada a la reproducción de la relación de no incorporación, que de un sólo gesto define a Puerto Rico como subordinado y a la vez distinto de Estados Unidos. De ese complejo laberinto colonial en que la subordinación y la identidad han desplegado una difícil dialéctica se ha intentado salir de diversos modos: el primer proyecto antimperialista en respuesta al 98 y en desafío al colonialismo norteamericano ya surge con Hostos y la Liga de Patriotas entre 1899 y 1903, iniciativa que se prolonga, con Matienzo y López Landron, hasta la fundación del primer Partido de la Independencia en 1912. De ese independentismo pionero que, entre otras cosas se planteaba, no tanto la defensa, sino la transformación de la cultura puertorriqueña, la izquierda insular todavía tendría algunas cosas que aprender: el objetivo que aquellos demócratas radicales formularon —lograr, en colaboración con las fuerzas más democráticas en la metrópoli, una independencia de avanzado contenido social como paso hacia la constitución de una confederación antillana— sigue siendo, un siglo después, una agenda tan vigente como dolorosamente inconclusa.

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