EDM 20 - Mayo 98

Reseña del libro
‘La revolución interrumpida’
,
de Adolfo Gilly
José Benco

Desde el punto de vista formal, la edición original del libro es de 1971, y la presente edición es del año 1994, y es editada por Ediciones Era, en México. Esta última edición fue corregida y aumentada, y consta de diez capítulos, a lo largo de los cuales se va desarrollando la historia de la revolución mexicana, sus características y su dinámica. La versión original fue escrita en las condiciones de restricción impuestas por la cárcel, pero esta característica no rebaja en nada su rigor analítico y documental. Según las propias definiciones del autor, el libro es un trabajo de combate político y cultural, preparado fundamentalmente para preparar, la continuación de la lucha teórica del marxismo en México y en América Latina

Desde el punto de vista teórico el libro se basa en la Teoría de la revolución permanente (1), de León Trotsky. A grandes rasgos, lo que esta teoría va a plantear a los efectos de este libro, es en primer lugar, la imposibilidad, para los países oprimidos, una vez superada la primer etapa de revoluciones burguesas, e iniciada la etapa imperialista del capitalismo, de concretar e implementar revoluciones burguesas nacionales-antimperialistas, sin que éstas asuman a su vez un carácter obrero y socialista . El mejor ejemplo que apuntala esta teoría, es sin duda el de la revolución rusa: La revolución ‘burguesa’ de febrero de 1917, fue incapaz de cumplir con las propias tareas burguesas que el carácter de esta revolución le asignaba (reforma agraria, etc.). Estas tareas, junto con las tareas propias de una revolución socialista, se empezaron a desarrollar con el triunfo de la revolución bolchevique. En segundo lugar, Trotsky analiza las limitaciones del campesinado impuestas por su carácter de clase, situado en una posición intermedia entre el proletariado y la burguesía, que le impide tener una política independiente, y la importancia fundamental entonces de la alianza obrero-campesina. La ausencia de esta alianza va a jugar en el análisis de Gilly, un papel central en la explicación de la interrupción de la revolución.

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La revolución interrumpida

Las grandes luchas de los liberales, y su triunfo en 1855, con la revolución de Ayala, abrieron paso al desarrollo capitalista del país. Empezando por la liberación del mercado de tierras, los liberales dictaron distintas leyes para garantizarla, atacando a las corporaciones religiosas y civiles, es decir, fundamentalmente a la Iglesia y a las comunidades indígenas. Pero el resultado de estas reformas no fue el surgimiento de una nueva clase de pequeños propietarios, sino, el reforzamiento y creación de una clase terrateniente, que concentró en sus manos enorme cantidad de tierras. De esta forma, se fueron extendiendo las relaciones capitalistas con la fuerte presencia y expansión de las haciendas, y con la combinación de estas relaciones con formas y relaciones precapitalistas de dependencia de los peones hacia la hacienda, y con el dominio local de hacendados y caciques.

Hacia la década de 1870, el mundo entraba en la etapa del imperialismo, y en esta etapa, bajo la éjida de Porfirio Díaz, en México se van a desarrollar los procesos económicos de expansión para la producción de materias primas y de inversión del capital imperialista. México va a ver surgir, sobre las bases desarrolladas desde la segunda mitad del siglo XIX, la moderna hacienda porfiriana, productora de azúcar, algodón, ganado, henequén y café; la economía de plantación; el desarrollo industrial en las ramas textiles, ferrocarriles, alimentación, y luego electricidad; el auge y modernización de la industria minera; y la creciente proletarización y pauperización de las masas. (Todo este desarrollo se va a dar sin que desaparezcan las formas precapitalistas de dependencia del peón a la hacienda que, junto al salario, mantienen ligada a ella a la fuerza de trabajo)

Con la expansión del comercio mundial, las haciendas se expandieron aún más, expropiando a las comunidades y pueblos, y generando fuertes resistencias. Pero la resistencia que se generó en los pueblos ante el avance de la hacienda no estuvo aislado, sino que se combinó con otras formas de la resistencia campesina y obrera contra la dictadura porfirista, y con la oposición de la pequeña burguesía urbana en ascenso, ligada al desarrollo de la economía, que veía limitadas sus posibilidades de ascenso. En este marco, y al no tener organismos propios, las masas intervinieron en la lucha interburguesa, pero subordinadas a una u otra facción capitalista. Las disputas entre las distintas facciones burguesas se vieron acentuadas por el contexto impuesto por la crisis mundial de 1907/1908, que repercutió en México derrumbando los precios de los principales productos de exportación.

En junio de 1910, Madero lanza el Plan de San Luis de Potosí. En este programa, plantea el principio de no reelección, y plantea la restitución de las tierras expropiadas injustamente a las comunidades, por medio de los tribunales, una vez que termine la revolución. Madero agrupó a un movimiento vasto y heterogéneo, que incluía a un sector importante de la burguesía cuyo eje de acumulación se iba trasladando de la propiedad agraria a la industria, a sectores de la pequeña burguesía urbana, a sectores obreros y campesinos. Tanto en el norte como en el sur los campesinos se levantaban contra la dictadura de Porfirio Díaz, enarbolando las banderas maderistas. Pero Madero, no quería encabezar una revolución. Cuando la guerra campesina se extendió a todo el país, Madero firmó con el gobierno un acuerdo (el de Ciudad Juárez), por el que Porfirio Díaz renunciaba, se convocaba a elecciones, y se desarmaba a los ejércitos campesinos. El acuerdo no mencionaba el problema de la tierra. Pero los campesinos no se detuvieron: para ellos empezaba la revolución. A lo largo y ancho del país, los campesinos tomaron las tierras de las haciendas y las protegieron con las armas en la mano

En Morelos, el movimiento zapatista cobraba creciente vigor. Conformado esencialmente por los campesinos de los pueblos, pero también por los obreros agrícolas, el movimiento comenzó apoyando inicialmente a Madero, pero desarrollándose en la perspectiva de contar con una dirección propia, elegida por los campesinos. A medida que los acontecimientos se iban desarrollando, esto le permitió al zapatismo convertir ese apoyo en alianza de clase, y más adelante en ruptura. Esta ruptura se va a cristalizar a las tres semanas de asumir Madero el poder, en el Plan de Ayala. Este plan, en sus aspectos fundamentales, plantea la nacionalización de los bienes de los enemigos de la revolución, es decir, de los terratenientes y capitalistas, y la toma de las tierras por los campesinos. Este plan, tiene características definitivamente revolucionarias, ya que va más allá de las reivindicaciones del ala radical pequeñoburguesa. Sus planteos son anticapitalistas, ya que atacan la base misma de la acumulación de capital. En este sentido, se puede decir que los métodos y la iniciativa del zapatismo son revolucionarias, pero se enfrentan a un límite concreto, que es la cuestión del poder. Las formulaciones campesinas, por su propio carácter de clase, no logran superar el ámbito local. Los campesinos de Morelos le dieron una salida revolucionaria a la cuestión de la tierra, pero no tenían ningún planteo de salida política a nivel nacional. La alianza con el movimiento obrero, que podría haber ofrecido este puente, y resolver la cuestión del poder en un sentido socialista, no fue posible por la debilidad del movimiento obrero, que no tenía direcciones propias ni organismos independientes. En este sentido, al no poder darle una salida a la cuestión del poder, la salida que se impone es la burguesa, como finalmente sucedió

En el norte, el ejército villista está caracterizado por ser un ejército campesino, con mandos y subalternos campesinos. Este movimiento, sin embargo, carece por completo de un programa propio, y por lo tanto, carece de independencia política. Frente a la lucha común contra el contrarrevolucionario Huerta (ex-general porfirista), el sector jacobino del ejército constitucionalista burgués (liderado ahora por Carranza), se siente atraído por el villismo, y presiona para lograr un acuerdo con Villa. En 1914, los vencedores constitucionalistas y villistas se reúnen en la convención de Aguascalientes, a los que poco más tarde se les van a unir los zapatistas. La delegación zapatista le impone sus perspectivas a la asamblea. Es la única tendencia que tiene un programa campesino, y logra arrastrar a toda la convención, a los villistas y a los carrancistas, dominados por su ala radical. El 28 de octubre la convención aprueba el Plan de Ayala por aclamación. Lo que esto representa es la conjunción política campesina. No existía ninguna cuña social que separara a zapatistas y villistas, y la cuña política del carrancismo, ante el avance de su ala izquierda, estaba completamente debilitada, mientras que sus cuadros militares sufrían la atracción del villismo y el zapatismo unidos. En este contexto se produce la ruptura del constitucionalismo, con Carranza y Obregón a la cabeza, que se retiran a Veracruz, dejando México en poder de los campesinos. Este es el punto en que la revolución alcanza su pico más alto.

Pero quienes van a asumir el gobierno de la convención no van a ser Villa ni Zapata, sino la pequeñoburguesía de la convención. Los campesinos no tienen programa ni política nacional, y como se ha dicho antes, la clase obrera era muy débil, y aunque estaba presente en los movimientos villista y zapatista, lo estaba sólo en forma de individuos, pero no como organización. El poder quedó entonces, en manos de la pequeñoburguesía, mientras los dirigentes campesinos se retiran a continuar la lucha en sus regiones. De esta manera, las limitaciones de clase le imponen al movimiento campesino su primer gran derrota política y el germen de su derrota militar: al no existir un poder campesino centralizado, no hay tampoco un ejército centralizado. Predominan las tendencias localistas y la lucha por la tierra, pero abandonan la lucha por el poder.

Para combatir a Villa y a Zapata, el programa del carrancismo, bajo la influencia de Obregón, tomaba las reivindicaciones campesinas, que giraban alrededor de la tierra, dándoles una formulación mas limitada, y añadían las reivindicaciones obreras ausentes en el Plan de Ayala y en los decretos zapatistas. De esta manera, la facción pequeñoburguesa radical dentro del constitucionalismo, cuya influencia fue dominante ante la situación revolucionaria, buscaba formar desde arriba y dominar, a una alianza obrera y campesina bajo su dirección, que era lo que justamente le faltaba al otro bando. Un ejemplo del éxito de esta política fue el pacto de Carranza con la Casa del Obrero Mundial, en donde estos últimos daban su apoyo al constitucionalismo para combatir al villismo, formando los famosos "Batallones rojos". Este acuerdo mostraba, por un lado, la subordinación de los obreros al programa de la pequeño burguesía, pero por el otro, mostraba la debilidad de la burguesía, que necesitaba recurrir a los obreros, haciéndoles concesiones, para derrotar a los campesinos. Una vez derrotado militarmente el villismo, a principios de 1916, Carranza le dio la espalda al movimiento obrero, disolviendo los batallones rojos, encarcelando a sus dirigentes, y olvidándose de sus promesas.

En 1917, con los constitucionalistas en el poder, se dictó una nueva constitución. No hay dudas de que se trata de una constitución burguesa. pero también es un testimonio de las conquistas arrancadas por las masas en lucha y de la debilidad relativa de la burguesía mexicana en las postrimerías de la revolución. Es la sanción legal del triunfo de la primera revolución nacionalista en América Latina. La historia mexicana ha demostrado, sin embargo, que las promesas democráticas no se han podido cumplir bajo los gobiernos de la burguesía nacional. Los límites y la detención posterior de las reformas cardenistas mostraron que sin atacar las prerrogativas y el poder del capital era imposible ir más lejos. Cualquier avance importante posterior ya no puede obtenerse solamente luchando por la aplicación de la constitución incumplida, sino echando abajo el régimen político y social que ha perpetuado en México la pobreza, la ignorancia, la opresión, la explotación y la injusticia.

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La revolución interrumpida es sin ninguna duda un importante aporte teórico e historiográfico para poder comprender desde el marxismo la historia de la revolución mexicana y sus consecuencias. El potencial revolucionario de los campesinos y sus limitaciones de clase aparecen magníficamente ilustrados en el libro, de la misma manera que se ilustra la incapacidad de la burguesía para dirigir una revolución de carácter nacional antiimperialista, desnudando a su vez el carácter reaccionario de esta clase.

Pero las posiciones marxistas y revolucionarias sostenidas por Adolfo Gilly hasta 1971, (fecha de la primera edición de este libro), contrastan poderosamente con sus posiciones actuales. Parece difícil de creer que quien ahora integra el PRD mexicano (partido de oposición burguesa) y quien escribió el libro en cuestión sean la misma persona. Y no sólo por unirse a los sectores de la burguesía que según el propio Gilly liquidaron la revolución mexicana, sino por las posiciones abiertamente contrarrevolucionarias y democratizantes que defiende públicamente. El estallido de la rebelión zapatista en enero de 1994, expresión de la lucha campesina contra el dominio y la explotación de la oligarquía del sur de México (problema no resuelto por la revolución interrumpida), encontró a Gilly ejerciendo una encendida defensa de la ‘democracia’ y de la ‘vía pacífica’. En palabras de Gilly: "...la democracia no es una vía hacia un fin.. sino que es uno de los fines. Y algunos no creemos que el fin justifica los medios..." (2). La encendida defensa de la democracia burguesa, junto con la condena implícita al levantamiento campesino en Chiapas, ubican a Gilly más allá de la frontera de clase, del lado de los explotadores y en contra de los explotados.

El abandono de la política revolucionaria por parte de Gilly data, sin embargo de varios años atrás. Ya en 1977, tan sólo seis años después de ser publicado el libro que analizamos, el Secretariado Unificado de la IVª Internacional, fracción ‘trotskista’-mandelista en la cual estaba alineado Gilly, publica una resolución sobre ‘Democracia Socialista y Dictadura del Proletariado’ (2). En dicha resolución se caracteriza a la dictadura obrera como la extensión de las libertades democráticas, y se pone en primer lugar la cuestión del respeto y la defensas de las libertades democráticas. Este engendro democratizante y contrarrevolucionario va a ser el que le va a dar al autor que analizamos el puntapié teórico para traicionar a las clases obrera y campesina y defender a la democracia burguesa. Está claro que el levantamiento del EZLN en Chiapas, constituye, desde su perspectiva, una violación de las libertades democrático-burguesas, y por lo tanto es una acción condenable. Como se ve, la teoría de la revolución permanente, que constituye la base teórica del libro, es olvidada y despreciada por completo. Ahora resulta que la burguesía sería capaz de defender y sostener las reivindicaciones democráticas y antiimperialistas, y que los campesinos, lejos de perseguir la alianza con los obreros, para darle una salida revolucionaria a la cuestión del poder, deben respetar la democracia burguesa.

Agreguemos, para terminar, que el completo abandono por parte de Gilly y del mandelismo todo, de la concepción marxista del Estado, en cuanto a su carácter de clase, convierte a las reacciones legítimas de las masas explotadas en violaciones a la democracia, —"que es un fin y no un medio"— (sic), coincidiendo así no solo con el discurso de la oposición burguesa, sino también del partido oficialista PRI y del propio imperialismo. Muy a pesar de Gilly, el único fin al que pueden aspirar las masas mexicanas y del mundo entero para liberarse del yugo de la explotación, es sí la democracia, pero la democracia obrera, o lo que es lo mismo, la dictadura del proletariado, en la perspectiva de la construcción de una sociedad sin explotadores ni explotados, sin opresores ni oprimidos, en la perspectiva, en fin, de una sociedad sin clases.

1. Ver León Trotsky,La Revolución Permanente, Ed. El Yunque, Buenos Aires.

2. Ver "Sobre el libro ‘La Dictadura Revolucionaria del Proletariado’ ", de Pablo Rieznik, en Jornadas de Estudio sobre la IVª Internacional, Ediciones Prensa Obrera, Bs. As.,1988, pág. 7.

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