EDM 22 - Enero 99

El "libro negro
del comunismo"...
realmente negro
Pablo Rieznik

 

Acaba de publicarse en español, el libro que, sobre el final del ‘97, provocó un enorme revuelo en el continente europeo y, en particular en Francia, el país en el cual fue originalmente editado por sus autores. Su impacto tuvo un alcance mediático muy extenso, con notas, artículos y entrevistas del más diverso carácter en la prensa escrita, en las radios y en la televisión. Hasta el presidente de la República —el socialista Lionel Jospin— se vio obligado a intervenir en la polémica.

La obra tiene un volumen monumental —son casi 900 páginas— y una pretensión acorde: se propone demostrar ‘científicamente’ que el comunismo es el responsable de los mayores crímenes de la historia de la humanidad, levantando un ‘tabú’ que habría escamoteado hasta el momento una evidencia tan cierta y verdadera como la transparencia del agua pura. En su apego a la ‘investigación’ y a la mera difusión de los hechos, el titulado El libro negro del comunismo (1) no vacila en cuantificar: 100.000.000 de cadáveres serían el testimonio, en el siglo XX, de un caso excepcional, por su "dimensión criminal, de un régimen político sin precedentes en el largo recorrido de la civilización", dada su naturaleza específica que "erigió (precisamente) el crimen en masa como forma de gobierno".

Estafa histórica, estafa

El fraude, sin embargo, es tan monumental como la extensión de la obra y la verdadera operación de prensa con la cual fue lanzada como negocio editorial y como campaña política. No hay una sola idea original en todo el trabajo, que es una colección de artículos de varios autores, coordinados por un renegado —ex maoísta—, de nombre Stèphane Courtois. La pretensión de agregar algo nuevo en función de la consulta de archivos ahora disponibles en Rusia es absolutamente falsa y siquiera se ocupan de indicarlo, al margen del autobombo que, al respecto, se hace en la introducción. El libro negro repite lo que innumerables textos, autores, folletos y libelos dijeron en los últimos 80 años y, en particular, la saga de obras anticomunistas elaboradas y/o financiadas por la CIA y los servicios yanquis aunque, como señaló algún comentarista, con el nivel propio del Reader’s Digest de la década del ‘50 (2).

A pesar de su extensión, no estamos frente a una obra de largo aliento. Fue elaborada a las apuradas, en tres años con el propósito de que su lanzamiento coincidiera con el 80º aniversario de la Revolución de Octubre y con el aditamento propagandístico de reclamar un ‘Juicio de Nüremberg’ para el comunismo. Llegados a este punto, los propios autores debieron retroceder. Cuando semejante propuesta fue alentada por el dirigente fascista francés Jean Marie Le Pen, temieron que su propio negocio se derrumbara, hundiendo todo el ‘marketing’ del operativo montado: la defensa de la ‘democracia’ ante el totalitarismo. De todos modos, el asunto no quita un gramo a las conclusiones fascistoides de El libro negro (sic), como tendremos oportunidad de verificarlo.

La pretensión de constituirse en una expresión de "historia científica" es una farsa, inclusive en términos formales. El texto, en este sentido, escapa a las normas académicas más vulgares. La extensión de los capítulos (están divididos por continentes y países) en los cuales se desenvolvieron los ‘crímenes’ es completamente arbitraria, carece totalmente de unidad y, de un modo general, no se señalan las fuentes utilizadas ni se revela o polemiza con los estudios y la extensa bibliografía sobre el tema. El tono monocorde y la pontificación sin fundamento que recorren toda la obra recuerdan el tono staliniano de la producción ‘literaria’ de la vieja URSS aunque, obviamente, con un ángulo distinto (ya veremos, asimismo, otras coincidencias más significativas). No hay en, realidad, ninguna ‘historia’ sino un inventario de asesinatos sin ton ni son, en una contabilidad completamente ridícula donde un muerto en la guerra civil, un muerto por hambre, un muerto bajo el terror stalinista, la ejecución de un torturador, en cualquier latitud y en cualquier época, se suman de un modo absurdo (3).

Esta misma contabilidad es un puro golpe publicitario. Cuando el organizador de El libro negro fue interrogado sobre cómo llegaba a la "shockeante" cifra de 100 millones de muertos ‘por los comunistas’, que no surge de los propios textos reunidos en la obra, respondió sin sonrojarse que se trataba de una "estimación personal". Para calificar semejante ‘estimación’, téngase en cuenta que en ella se incluyen, por ejemplo, a las víctimas de las guerras imperialistas, como es el caso de Corea; de modo tal que los coreanos muertos por los marines norteamericanos son parte del ‘genocidio’ de los comunistas que serían los ‘causantes’ de la guerra. En China, el absurdo llega al paroxismo porque la mayor parte de los ‘muertos’ son el resultado de ‘hambrunas’ provocada por... los comunistas. Esto cuando lo poco que cualquier individuo sabe sobre China es que la Revolución del ‘49 logró una solución sin precedentes a la escasez alimentaria que diezmó históricamente al pueblo de este país continental. Con relación a Cuba, se habla de 15.000 a 17.000 muertos ante los pelotones de fusilamiento de Castro y Guevara; una cifra que, al margen de cualquier otra consideración, multiplica en casi diez veces las víctimas de los tribunales revolucionarios, encargados del juicio a los esbirros de Batista y el imperialismo yanqui, que organizó la invasión a la isla en 1961. En el mismo texto, luego de citar como fuente a Amnesty International, se habla de la existencia de 12.000 a 15.000 presos políticos en la misma Cuba a mediados de los años ‘80. Para esa época, los informes oficiales de Amnesty denuncian una cifra total de 450 detenidos por "razones de conciencia" (4).

A matar las ideas o el demócrata fascista

Toda esta grosera falsificación de los hechos, cuya sola denuncia podría superar las páginas del propio El libro negro, tiene un propósito de naturaleza inconfundiblemente nazófila. Porque sucede que, después de la cuenta macabra y puestos a tratar de explicar lo que sería un desvarío loco de la humanidad, la explicación oficial del libro para semejante carnicería es una sola: se trata de las consecuencias de una ‘teoría’ y aun de un hombre, de la "voluntad de Lenin de poner en práctica su idea sobre la construcción del socialismo". Este es el "auténtico motor del terror": la "ideología leninista" (5) e inclusive "la idea misma de la revolución" (6). Naturalmente El libro negro, en función de esto, protesta contra "los activos grupos revolucionarios... que se expresan con toda legalidad" (sic), buscando dejar claro que si las "ideas" matan, lo primero que debiéramos hacer es matar a las ideas, proscribiendo en masa a sus portadores. Un argumento de este tipo tiñó el accionar de los Pinochet y Videla que, como se sabe, al igual que los autores de El libro negro justificaron su acción en nombre de la democracia y de la tradición occidental y cristiana. Uno de los prohombres de la derecha argentina —Alvaro Alsogaray— acaba de justificar el secuestro y robo de niños en la Argentina del ‘70 porque los militares debían evitar que las criaturas volvieran a sus familias para "ser educados como guerrilleros".

Pero, claro, El libro negro es un libro ‘a la mode’, lo que significa que sus planteos más reaccionarios deben disfrazarse de democráticos y centroizquierdistas. Para justificar sus anatemas, el mentor de la obra no vacila en apelar al anarquismo y a teóricos o representantes de la socialdemocracia, mientras declara su repudio a la extrema derecha. En su visión groseramente maniquea, Courtois divide el mundo entre Lenin, el criminal, y el resto de la humanidad, partidaria de la paz y la democracia; entre los cuales deberíamos sumar a Bakunin y a Kautsky, convenientemente citados por el ex maoísta. Rescata por eso al "marxismo de la IIª Internacional" y, jugando a presentarse como historiador, nos informa de sus bondades puesto que ya "en vísperas de la Guerra del ‘14, (el socialismo segundointernacionalista) se orientaba hacia soluciones pacíficas sustentadas en la movilización de masas y en el sufragio universal" (7). Semejante afirmación es propia, no de un historiador sino de un delincuente: la Primera Guerra Mundial se transformó en una enorme carnicería imperialista sólo por medio de la colaboración de... la socialdemocracia, en particular del partido alemán que Kautsky, entre otros, encabezaba y que votó los créditos de guerra el 4 de agosto del ‘14 en beneficio del Kaiser y la burguesía alemana. Los ‘criminales’ reagrupados en torno de Lenin son los que denunciaban la guerra intercapitalista, pregonaban la paz y llamaban a los trabajadores a liquidar no a sus hermanos de clase sino a acabar con el dominio de los explotadores.

Un pedacito de historia verdadera

Fue la incondicional oposición contra la guerra imperialista, a favor de la paz entre los pueblos, lo que constituyó el factor decisivo en la conquista del poder por parte de los bolcheviques. Cuando el zar es derrocado, en febrero de 1917, los demócratas y buena parte del propio partido bolchevique son partidarios de mantener a Rusia en el bloque anglofrancés para seguir la guerra, por supuesto, ahora en nombre de la... democracia. Era, apenas, una excusa de los hipócritas ‘demócratas’ rusos (la hipocresía democratizante tiene un carácter general en nuestra época): la democracia suponía la revolución agraria y la entrega del poder a las instituciones que expresaban la movilización de masas que liquidó al zar, es decir, los soviets. Pero era esto precisamente a lo que se oponía el gobierno ‘democrático’ que, entre febrero y octubre, tomara la forma de ‘kerenskismo’ (por Kerensky, socialdemócrata que llegará a la jefatura del entonces gobierno provisional). Cuando Lenin y los bolcheviques toman el poder, lo primero que concretan es el ofrecimiento de paz, una paz sin anexiones, a los carniceros del imperialismo germano. Ahí tenemos, pues, al Lenin... ‘criminal’.

¿Qué le importa, sin embargo, la historia al ‘historiador’ Courtois? Un año después de la publicación de su libro, nos acaba de resumir su ‘versión’ sobre el punto: "mientras que la revolución de febrero de 1917 vio emerger estructuras democráticas y una reorganización espontánea de las relaciones sociales en el campo, es el putsch de Lenin y los bolecheviques el que quebró las esperanzas nacidas de esta revolución. En el sentido literal del término, Lenin fue un putschista contrarrevolucionario que debe ser considerado como uno de los principales responsables de la tragedia rusa en el siglo XX, el reintroductor de una nueva forma de servilismo, tanto de los obreros como de los campesinos" (8). Sin saberlo u, ocultándolo, el demócrata-fascistizante retoma aquí una de las tesis de la historiografía-ficción del stalinismo: la de la llamada teoría de la revolución por etapas, según la cual, precisamente, la revolución de febrero de 1917 fue una revolución ‘democrática’; cuando lo cierto es que llevó al poder a la burguesía, incapaz de asegurar las condiciones elementales del régimen democrático. Como en el caso de Courtois, la versión stalinista no está fundada por el apego a la historia o idea alguna de cualquier carácter; surgió apenas como un expediente para combatir al bolchevismo, es decir, a Trotsky y la oposición de izquierda y, por sobre todas las cosas, para justificar la colaboración del stalinismo con la burguesía en el caso de la revolución china (1927). Recordemos que, en función de esto, Stalin llegó a designar al demócrata-fascistizante Chiang Kai-shek como presidente de la Internacional Comunista stalinista.

La revolución y el diablo

Un punto alto y relevante de la estafa de El libro negro se plantea casi de pasada cuando, en menos de un renglón, Courtois tiene que admitir que "hasta el momento, los crímenes del comunismo sólo habían sido denunciados (entre otros), por los disidentes trotskistas". Algo que no le impide incluir poco después a Trotsky entre los mismos ‘criminales’; una evidencia de la ‘seriedad’ y ‘rigor’ con la cual los autores pretenden hacer pasar al mamotreto como ‘obra de ciencia’.

Este procedimiento por medio del cual se suman así como así víctimas y victimarios, es típico de la impostura del demócrata fingido, que juzga los hechos desde el sillón en el que escribe o desde el cual le pagan para que escriba y desde el cual observa como un espectador lo que sucede arriba y abajo, a izquierda y derecha como si el escriba y su sillón fueran el centro mismo de la historia. Así han juzgado nuestros demócratas, por ejemplo, los crímenes sin igual de los ‘60 y los ‘70 en América Latina. Un extremista por aquí, otro por allá; un terrorista o guerrillero a la izquierda, un represor o un torturador a la derecha; un violento arriba, un revolucionario desbocado abajo. En el medio, siempre el sillón y su escriba, o el político correspondiente, el que pontifica contra todos los totalitarismos, el que rechaza los extremos definidos a su arbitrio, el que esboza teorías sobre los "dos demonios", el que juega a colocar los soldaditos del fascismo de un lado y los del comunismo del otro y repudia a ambos porque le afecta una digestión tranquila y sus propios negocios o placeres con la ‘democracia’. Una democracia que no tiene nombre, que no reviste contenido social, que carece de historia porque es como una divinidad abstracta que la humanidad hubiera perseguido siempre, forzada por una compulsión indefinible. Pero no es todo, puesto que los demócratas juegan al "justo medio" en tanto su neutralidad es apenas de papel: sin su colaboración directa o indirecta los fascistoides y dictadores criminales no hubieran progresado como lo sabe cualquier historiador serio, entre los cuales, debemos excluir, naturalmente, a nuestros criticados en esta oportunidad.

El libro negro no puede ni aproximarse a la historia real porque su función ideológica es distorsionarla en función del macartismo barato que informa toda su configuración. Por este motivo el ‘historiador’ Courtois tiene que ocultar, por sobre todas las cosas, a un personaje clave en la historia de este siglo y de los acontecimientos que ocupan al propio El libro negro. Nos referimos, claro está, a León Trotsky. En contrapartida, la culpa de todo es de un solo individuo, loco y endiablado, sediento de poder y de sangre: Vladimir Ulianov Lenin. Nadie más. El planteo es absurdo, pero funcional a la demonización que se empeña en promover el mamotreto con una energía digna de mejores causas. No hay nada que en esto se conecte con la historia tal como fue: El libro negro nos pinta el desatino del Hombre que, no se sabe ni por qué ni cómo, es sometido por el Mal. Para que el Bien triunfe hay que exorcizar a la humanidad, habitada por el demonio Lenin. El Papa canoniza; Courtois organiza la inquisición purificadora contra el Diablo Lenin, el asesino más brutal de todos los tiempos (para completar el burdel, Courtois ni siquiera se priva de disculpar a la propia Inquisición medieval ante, una vez más... "los crímenes del comunismo"). El Cielo y sus dioses agradecen al Torquemada de las letras en este final de siglo.

En el ámbito más sólido de la terrenalidad, importa, sin embargo, entender el por qué del ocultamiento deliberado del papel del principal líder de la Revolución de Octubre, junto a Lenin. Es que esto supera a los autores de El libro negro que tampoco en esto pueden invocar originalidad. Siguen aquí una suerte de mandato que informa a todos los analistas, historiadores, cientistas políticos y demás integrantes de la diversa fauna intelectual moderna. Courtois y sus compinches tienen que impedir que Trotsky aparezca por el simple motivo de que no hay nada en los ‘descubrimientos’ de El libro negro que ya no haya sido dicho por Trotsky; claro que no en los términos de una afirmación fraudulenta, no en términos de historia-ficción, caprichosa y amañada, sino en términos de historia, es decir, de examen de las fuerzas sociales en pugna, del análisis de las contradicciones vivas, de la lucha real de intereses y hombres de carne y hueso.

Nazismo y comunismo

Tomemos, en particular, el caso del nazismo y el comunismo que los autores del libelo grueso que comentamos colocan como hermanos gemelos de la criminalidad del siglo XX. Aclaremos, de entrada, que hacemos una concesión porque, en numerosos párrafos del texto, el nazismo es considerado como una "singularidad", mientras que el comunismo es un "sistema mundial", y porque, en las cuentas de cadáveres a la que se dedica El libro negro, los comunistas se cargan cuatro muertos por cada asesinado por los nazis. Fascistas menores y no tan menores como Batista o como Franco son, a su turno, presentados como partícipes del mundo ‘occidental y cristiano’. ¡Y El libro negro se considera a sí mismo como fiel representante del principio y juramento que proclama encarnar "la verdad y sólo la verdad..."!

En cualquier caso, fue Trotsky el que más de medio siglo atrás puso en evidencia el carácter criminal del ‘comunismo’ stalinista, es decir, de la política anticomunista y antiobrera de la burocracia que expropió en su beneficio las conquistas de la revolución. Poner en evidencia significa que explicó y analizó las implicancias del desarrollo particular que tomó la Revolución de Octubre, como resultado del desangre resultante de la monstruosa guerra civil, del apoyo a la reacción contrarrevolucionaria de un batallón de países capitalistas, del aislamiento de la revolución como consecuencia de las derrotas del movimiento obrero en el resto del mundo, de las dificultades planteadas por el enorme atraso del país, de la brutal fractura en el seno de la propia clase obrera como producto de este conjunto de circunstancias, de la naturaleza excepcional de un fenómeno inédito por el cual el capital carecía de fuerzas para imponer directamente la restauración de un modo directo y el proletariado de las fuerzas para imponer una gestión colectiva, de la realimentación de este conjunto de factores y la política conservadora y crecientemente hostil a la revolución de la misma casta gobernante, etc... Todo esto Trotsky lo desenvolvió no como un espectador sino como un protagonista activo de un proceso que, cualquiera sea la trinchera política o ideológica, es considerado como uno de los signos marcantes del siglo XX. Nada de esto importa al colectivo de estafadores que organizaron El libro negro. Cuando más lejos de la vida y de los acontecimientos, de su concatenación, de las contradicciones que expresan, de las fuerzas sociales que encarnan, más se facilita su tarea de... ‘historiadores’.

Pues bien, en 1936, sesenta años antes del gris El libro negro, Trotsky dijo que la represión stalinista contenía, por sus métodos bárbaros, analogías semejantes a la represión hitleriana (9). Más aún: señaló que el salvajismo de la burocracia del Kremlin podía ser aún mayor, en la misma medida en que se trataba de una burocracia más libre, menos restringida en relación con los hombres del nazismo, que nunca dejaron de ser los mandantes de la gran burguesía alemana. Cuando ahora el presidente ‘socialista’ de Francia se horroriza de que en El libro negro se compare al nazismo con el stalinismo, que al igual que los autores de la ‘obra’ en cuestión llama... ‘comunismo’, demuestra hasta qué punto la ‘pacífica’ IIª Internacional es cómplice del horror staliniano y de la deshonestidad intelectual de los autores del mamotreto. De todos modos, Jospin salió al cruce del libro que comentamos por motivos bastante más pedestres que los que tienen que ver con la verdad histórica porque simplemente trataba de salvar a sus propios ministros ‘comunistas’, empeñados en enfrentar las huelgas y el ascenso obrero del proletariado francés. Si es por la verdad histórica, recordemos que los partidos ‘obreros’ franceses, los ‘demócratas’ y fascistas galos han hecho un oficio propio del ocultamiento de las masacres del imperialismo francés, que probablemente no tiene parangón. Es, por lo menos, lo que se desprende de lo que dice Perrault en un reciente artículo (10) al plantear que, si se trata de contabilizar cadáveres, las masacres de los colonialistas franceses en Indochina, Argelia, Madagascar y otros territorios de ‘ultramar’, con relación a la población nativa no hay estado más criminal y genocida que la Francia ‘democrática’ que los autores de El libro negro toman como modelo de civilización.

Reacción política y capitalismo

La verdad elemental que ni El libro negro ni muchos de sus detractores quieren plantear es que el nazismo y el stalinismo pueden ser comparados en términos de fenómenos derivados de una misma causa: la sobrevida, hasta la descomposición, del sistema capitalista. Los monopolios, el capital financiero, su asociación directa con el aparato bélico más sofisticado de la historia, la tendencia a suprimir la competencia en el campo nacional para llevarla al paroxismo en el campo internacional, la lucha despiadada por los mercados, el aplastamiento a sangre y fuego de las rebeliones en los países periféricos, las intervenciones e invasiones militares en los más variados puntos del planeta, las catástrofes económicas, los millones de niños y seres humanos condenados a una existencia ya no infrahumana sino infra-animal, las guerras mundiales; todo esto es el testimonio de un modo de producción que ha llevado hasta el extremo posible el carácter social de la producción y, al mismo tiempo, el carácter privado de la propiedad de los medios de esa misma producción y de sus resultados, que ha desenvuelto hasta límites inimaginables la producción planificada al interior de la gran empresa moderna mientras la anarquía se glorifica como el método propio de regulación de la enorme ingeniería social del mundo productivo en su conjunto. La manifestación de toda esta putrefacción de la sociedad contemporánea ha sido, en un polo, el genocidio nazi y, en el extremo opuesto, la brutalidad stalinista. En un caso para afirmar y no para negar el monopolio capitalista —aunque el nazismo mismo se encubriese con veleidades sociales—, en el otro para negar el gobierno de los trabajadores y la expropiación del capital y establecer el dominio de una casta completamente criminal.

No es la revolución socialista sino el atraso de la revolución, la fuente de la barbarie propia del siglo XX. No por casualidad, El libro negro, puesto a medir la "dimensión criminal" de la historia contemporánea, no menciona el signo emblemático de las dos matanzas masivas y planetarias de los últimos 100 años, es decir, las dos Guerras Mundiales. ¿A quién adjudicarles sus millonarias víctimas? Hasta el manual más imbécil le explica a nuestros escolares el drama moderno de la lucha de nuestras ‘democracias’ por los mercados y por la conquista del planeta. Un registro, sin embargo, que no han anotado nuestros ‘historiadores’, que reivindican la tradición "occidental y cristiana". Los muertos de la ‘democracia’ permanecen vivos en el cielo de los negros autores del oscuro libro sobre el ‘comunismo’. De otra manera, serían aplazados en el examen de su misión específica de contadores de cadáveres.

No hay peor ciego...

En ese ejercicio rutinizado para no decir nada que sea novedoso, El libro negro repite la vieja vulgaridad de que los crímenes del comunismo no han sido dimensionados ni apreciados debido a la "ceguera de Occidente". Se trata de una mentira por partida doble.

En primer lugar, porque ‘Occidente’ no sólo no fue ciego a la Revolución sino que organizó una fenomenal expedición contrarrevolucionaria, financiada por más de una decena de países capitalistas, que llevó a la devastación al territorio de la recién constituida Unión Soviética. Sin este apoyo de la burguesía mundial, la guerra civil que siguió a la toma del poder por parte de los bolcheviques es simplemente incomprensible, salvo, claro está, para nuestros grises ‘historiadores’ de El libro negro. Por supuesto, no se trató de un paseo ni de un torneo de esgrima entre caballeros sino de una monstruosa matanza (¿qué otra cosa es una guerra civil?): la revolución no sucumbió, pero fue terriblemente golpeada. Por eso, tres años después de la toma del poder, la situación era desesperante: la población de Moscú y Petrogrado era apenas de un tercio de la existente en octubre del ‘17, restaban 80 mil proletarios de un total de 460 mil, la producción en ramas claves de la economía era una décima parte de la que correspondía a la de los últimos años del zarismo.

¿Saben, acaso, nuestros ‘historiadores’ de qué están hablando? Citémoslos: "Las insurrecciones campesinas (se refiere a 1919) desempeñaron un papel determinante en la victoria —sin futuro— de las tropas blancas... Sus consignas no admitían equívocos: ...fuera los bolcheviques y judíos... libertad de empresa y de comercio... (y) derivaron en decenas de progroms contra las comunidades judías... asesinando a todos los representantes del poder soviético..." (11). ¿Qué debían hacer los revolucionarios ante esta situación? ¿Entregar el poder ‘pacíficamente’, para ahorrarse el trago amargo de la guerra civil impuesta por la feroz resistencia de los propietarios expropiados en un territorio continental, apoyados en todos los recursos del bandidismo capitalista ‘occidental y democrático’? ¿O pretenden una guerra civil basada en las reglas de la moral y las buenas costumbres? Ninguna pregunta que importe será respondida por los cuentacadáveres.

El libro es tan deshonesto que es hasta deshonesto consigo mismo: "la violencia no había esperado para desencadenarse a la llegada de los bolcheviques al poder... En el verano de 1917, la violencia era omnipresente... una violencia urbana reactivada por la brutalidad de las relaciones capitalistas en el seno del mundo industrial; una violencia campesina ‘tradicional’ y la violencia ‘moderna’ de la Primera Guerra Mundial, portadora de una extraordinaria regresión y una enorme brutalización de las relaciones humanas... una combinación explosiva... (12) ¿Entonces? El autor de esta cita (Nicolás Werth) es quien redacta el artículo más voluminoso y documentado de El libro negro que acabó casi a las trompadas con su editor, en medio de los debates suscitados por la obra. Pero su propio trabajo reitera todas las afirmaciones sobre los ‘crímenes del comunismo’, no explica nada sobre las características posteriores de la guerra civil, atribuye los "asesinatos en masa" a la naturaleza sanguinaria de... Lenin e identifica a Stalin con la continuidad del bolchevismo del ‘17. Nada nuevo bajo el sol.

Por otra parte, en segundo lugar, hablar de la ‘ceguera de Occidente’ es un enorme encubrimiento de lo que fue la colaboración de la burguesía mundial y el ‘comunismo’; así entre comillas, es decir, el anticomunismo de la burocracia stalinista. Lo cierto es que ‘Occidente’ vio muy bien la naturaleza contrarrevolucionaria del stalinismo y se apoyó sistemáticamente en la colaboración con la burocracia del Kremlin para aplastar las tendencias revolucionarias ‘urbi et orbe’. Se trata de algo tan banal que apenas nos referiremos solamente al caso paradigmático de la historia contemporánea. Cualquier manual de historia tiene, por ejemplo, la foto de Churchill, Roosevelt y Stalin, cuando en 1945 acordaron la ‘división del mundo’, la masacre del pueblo alemán para que no diera cuenta del nazismo, el lanzamiento de la bomba atómica sobre el Japón derrotado, el desarme de las guerrillas europeas, la reconstrucción de los Estados capitalistas en Europa, la conformación de un aparato clerical mafioso en Italia, el aplastamiento de cualquier rebeldía en sus respectivos cotos de caza, la colaboración contrarrevolucionaria con las oligarquías de los países periféricos contra los movimientos nacionalistas (recordemos la entente del PC argentino y la embajada norteamericana contra el peronismo en 1945), etc... Sobre todo esto y los respectivos cadáveres de esta colaboración entre el stalinismo y la ‘democracia occidental’, ni una palabra en El libro negro consagrado al "drama criminal" del siglo XX. Como se ve, cuando se trata de omitir y engañar, nuestros historiadores no se andan con pequeñeces.

Una empresa frustrada

Los negociantes de El libro negro no tuvieron demasiada suerte en un aspecto nada despreciable. La obra fue concebida en el apogeo de la propaganda derivada de la desaparición de la ex URSS y en plena euforia capitalista. A mediados de los ‘90 proliferaban las teorías sobre el destino irreversible y final de la humanidad, eternizado en los moldes propios de la sociedad burguesa. La historia había llegado, entonces, a su estación terminal. Los economistas y sociólogos del capital celebraban la expansión de la economía mundial y pronosticaban, inclusive, el desarrollo cíclico y las crisis como una rémora del ‘viejo capitalismo’. Los ‘tigres asiáticos’ se presentaban como la evidencia misma de la posibilidad de los países atrasados de alcanzar un desenvolvimiento moderno. Brasil, el país continente latinoamericano en nuestras latitudes, se plegaba a la ‘globalización’ bajo la dirección de un intelectual progresista y estudioso ni más ni menos que de El Capital de Marx. Como en aquellas calles estrechas que abandonan la doble mano para transformarse en rutas de una sola dirección, la humanidad avanzaría por un sendero definitivo y ya trazado. Se había acabado, en consecuencia, con la era de los grandes cambios, la utopía de las transformaciones violentas y súbitas y hasta con las grandes catástrofes del siglo. La vida se tornaría más cómoda y aburrida. No más alternativas.

La ocasión parecía bienvenida para una suerte de ajuste final. Celebrar, con el 80º aniversario de la Revolución de Octubre, el entierro definitivo del horror que no habíamos querido mirar. Más que la fanfarria de combate, los autores de El libro negro nos acercaban la música de un funeral y celebraban la vida, para siempre, del Occidente victorioso.

Sin embargo, el mamotreto tuvo la desdicha de aparecer cuando el castillo de naipes comenzaba a derrumbarse. La crisis, dada por muerta, surgió con una virulencia inusitada allí donde se dijo que el capitalismo presentaba sus mejores frutos. En Indonesia un viejo dictador caía bajo el telón de fondo de una insurrección popular. En Rusia colapsaba de un modo virulento el cuento del mercado para revelarse como una empresa depredadora al mejor estilo de cualquier debut del capitalismo, es decir, "chorreando sangre y lodo" por los cuatro costados; de un capitalismo que ahora se presenta no como un bebé robusto, con perspectiva vital, sino más bien como un individuo senil con su existencia agotada. En el sufrido pueblo ruso se difundía la historia conocida ahora como una suerte de chiste trágico: los comunistas mintieron siempre respecto de la naturaleza del propio comunismo... pero sobre el capitalismo nos habían dicho la verdad. En la propia tierra de El libro negro el movimiento obrero comenzó a levantar cabeza en la misma medida en que los historiadores pretendían acabar con su propia historia: la huelga de los camioneros abrió, sobre el final del ‘95, una nueva etapa de la situación política francesa.

En estas condiciones, la fiesta de El libro negro quedó relativamente aguada, como aquellas bebidas convenientemente adulteradas. Su finalidad más sutil, atacar al movimiento obrero, su tendencia instintiva a la revolución, su lugar irreemplazable en la labor de poner en pie un nuevo orden social, quedó opacada por los nuevos acontecimientos. Esta finalidad de El libro negro se expresó por sobre todas las cosas en el esfuerzo por poner un signo igual entre el marxismo revolucionario y sus enterradores contrarrevolucionarios, entre Lenin, Trotsky y Stalin, entre la lucha contra el capital y la colaboración con los explotadores. La cosmética científica de la parte más elaborada del mamotreto, vinculada a la revelación de los datos ocultos que aparecieron con la apertura de los archivos de la ex URSS estaba al servicio de tal empresa fundamental: probar que el ‘comunismo’ siempre mató; que Lenin, al frente de la guerra civil contra la contrarrevolución mató, que Stalin como agente de esa misma contrarrevolución mató, que Trotsky mató y luego lo mataron como consecuencia de que él mismo mató. Los cadáveres inundan la historia del ‘comunismo’ y nada más hay que decir: queda la versión más penosa de la moderna ‘historia cuantitativa’, numerar a los muertos. No por casualidad el libro comienza con una frase que define a la historia como "la ciencia de la desgracia de los hombres" (13). Expurgar la desgracia en el altar de la democracia, con la colaboración de estos ‘investigadores’ era la función que se autoimpusieron nuestros autores, en el 80º aniversario del ‘17.

Democracia y revolución

Mucho antes que los escribas de El libro negro, fue un auténtico comunista el que habló no de la desgracia sino de la "prehistoria" del hombre, para resumir la explotación secular de la humanidad, en las sociedades divididas entre explotadores y explotados. Fueron los comunistas los que pusieron de relieve la lógica implacable de la civilización que conducía a una sociedad humana a través de la inhumanidad. Hace un siglo y medio, Marx y Engels nos mostraron, entonces, cómo, bajo el extremo de vidas masacradas, territorios arrasados y guerras monstruosas, el capitalismo ponía en pie la base material —la única posible— para terminar con la lucha por la vida, para sustituir el penoso trabajo directo por la herramienta y la máquina que sustituye la labor del propio hombre; mostraron cómo el capitalismo creaba el mercado mundial y las escalas de producción susceptibles de hacer del hombre y su entorno una potencia, humana y natural, universal, planetaria. Fueron los comunistas los que comprendieron que el pasaje de la ‘prehistoria’ a la ‘historia’ no tendría otra forma que la revolución, puesto que se trataba de liquidar el viejo orden, es decir, los intereses y las clases dominantes que los encarnaban. Una enseñanza, por otra parte, heredada del pasado, bárbara y también bestial, pero inevitable. Nadie ha descubierto hasta ahora otro remedio mejor para acabar con la miserable subsistencia de un sistema que sólo puede sobrevivir a costa de la victimización creciente del hombre.

Nadie va a una revolución porque quiere o porque lo desea. Ya se sabe, y esto no lo inventaron los comunistas, se trata del momento culminante de una sociedad, cuando una parte de la misma trata de imponer a la otra la razón de su historia o la razón de su barbarie. Es una lucha. Daniel Bensaid, dirigente del Secretariado Unificado de la IVª Internacional, reacciona defensivamente ante los ‘demócratas’ fascistoides: quiere salvar la revolución y la democracia burguesa; todo al mismo tiempo y se pone a dar recetas: "la defensa del pluralismo político no es una cuestión de circunstancias sino una condición esencial de la democracia socialista" (14). Pero la revolución misma es la abolición del pluralismo en el sentido corriente y normal (es decir, burgués, del término) y también es una condición de la democracia socialista. La dictadura del proletariado es sinónimo de revolución, en el sentido de que, en la instancia decisiva de la lucha por el poder, no son las leyes y los códigos sino la fuerza de los contendientes lo que, precisamente, decide. Esto no puede ser resuelto por fórmulas convencionales donde se combinan en forma armónica dosis convenientes de pluralismo, autoritarismo y algo de dulzona moral genérica. Peor es cuando Bensaid trata de ‘aplicar’ su fórmula y cita el caso de Nicaragua, omitiendo que el ‘pluralismo’ de la dirección sandinista acabó por hundir la revolución y devolvió el poder a la reacción y a los empresarios y amigo de la... contrarrevolución. Flaco favor le prestamos al desenmascaramiento de los ‘demócratas’ fascistoides con semejantes ‘respuestas’.

Bolchevismo, es decir, comunismo y stalinismo

La identificación entre stalinismo y comunismo o bolchevismo es naturalmente una vulgar reiteración de la política criminal del... stalinismo. Aun más, es un hecho que el stalinismo surgió en el seno mismo del viejo partido bolchevique. Sobre esto —no hacía falta esperar a El libro negro— hace décadas que se procura buscar en el bolchevismo el secreto último de su posterior degeneración. La conclusión normal es una vulgaridad: "un Partido revolucionario es malo cuando no lleva en sí mismo garantías contra su degeneración". "Enfocado con un criterio semejante, comunismo y bolchevismo están condenados: no poseen ningún talismán. Pero ese mismo criterio es falso. El pensamiento científico exige un análisis concreto: ¿cómo y por qué el partido se ha descompuesto? Hasta el momento nadie ha hecho este análisis fuera de los bolcheviques. No por eso han tenido necesidad de romper con el bolchevismo. Por el contrario es en el arsenal del propio bolchevismo donde han encontrado todo lo necesario para explicar su destino. La conclusión a la cual llegamos es la siguiente: evidentemente el stalinismo ha surgido del bolchevismo, pero no surgió de una manera lógica sino dialéctica; no como su afirmación revolucionaria sino como su negación thermidoriana. Que no es una misma cosa. Buscar el origen del stalinismo en el bolchevismo o en el marxismo es exactamente la misma cosa, en un sentido más general, que querer buscar el origen de la contrarrevolución en la revolución". Fue escrito hace 60 años. Por León Trotsky.

Notas

1. Stèphane Courtois y otros, El libro negro del comunismo —crímenes, terror y represión—, Editorial Planeta-Espasa, España, 1998.

2. Mario Maestri, Livro Negro: Um titanic contra o comunismo, Paper, Porto Alegre, Brasil, febrero de 1998.

3. Idem.

4. Ver comentarios de diversos autores en Le Monde Diplomatique, diciembre de 1997.

5. Stèphane Courtois, op. cit., pág. 825.

6. Idem, pág. 37.

7. Idem, pág. 827.

8. Stèphane Courtois, "Comprendre la tragédie communiste", en Le Monde Diplomatique, noviembre de 1998.

9. Pablo Rieznik, "Genocidio y Trabajo esclavo en la URSS", en En Defensa del Marxismo, Nº 13, julio de 1996.

10. Giles Perrault, en Le Monde Diplomatique, noviembre de 1997.

11. Stèphane Courtois, op. cit., págs. 116, 117 y 130.

12. Idem, págs. 75 y 76.

13. Idem, pág. 13.

14. Daniel Bensaid, Communisme et stalinisme, une réponse au Livre Noir...

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